LA EXTINCIÓN DEL PROFESORADO0

Lectures (563) 14/02/2005, 12:03  |  ABC.-XAVIER-PERICAY

La pasada semana -el viernes, sin que sirva de precedente- lo dejamos en estos términos: la extinción del profesorado. Hoy toca, por lo tanto, desarrollar el enunciado y explicar en qué va a consistir dicha extinción. La respuesta, se lo recuerdo, está en el «Programa 2004-2007. Una educació per a la Catalunya del segle XXI», elaborado por el departamento de Educación de la Generalitat. Para que ustedes se hagan una idea: lo que el documento propone sobre este punto es una pura y simple reconversión del sector. De las más drásticas, por cierto.

Su objetivo, confeso, es convertir la enseñanza obligatoria y el bachillerato en un inmenso parvulario. De P-3 a P-17

No falta más que un empujoncito para que se haga realidad la utopía igualitarista de esa pandilla de mediocres que han destrozado en un par de décadas el trabajo de siglos.

Vivimos en «una sociedad sometida a continuos cambios sociales, económicos y culturales», y ello exige «un nuevo perfil profesional del profesorado». No unos cuantos ajustes partiendo del perfil ya existente; no, uno nuevo. Como el Estatuto. A grandes males, grandes remedios. Aunque estos remedios signifiquen la desaparición a corto plazo de la función profesoral y, con ella, la de los propios docentes.

Y es que la propuesta del departamento no deja, al respecto, lugar a dudas: «Hace falta un profesorado que (...) actúe como mediador entre una cultura cambiante y un alumnado que se enfrenta a ella desde intereses diferentes». Observen, ante todo, el escenario. Un enfrentamiento. A un lado, la cultura, inaprensible; al otro, el alumnado, inquieto y dispar. ¿Y el profesor? El profesor, en medio, por supuesto, tratando de poner paz. Esta es la clave, pues. La mediación. Y para llevarla a cabo, a nadie se le escapa que lo más apropiado no es un profesor a la vieja usanza, es decir, alguien capaz de transmitir a sus alumnos unos determinados conocimientos sobre una determinada materia -capaz incluso de transmitirles una cierta pasión por lo que enseña-, sino alguien con otra clase de dotes. Algo así como un psicólogo. Da igual que no haya estudiado para eso, que sea químico, o licenciado en bellas artes: lo importante es la actitud, el ánimo, la predisposición. Es cierto: no todo el mundo vale. Sobre todo los granaditos, los que ya llevan en eso algunas décadas. El departamento lo tiene muy en cuenta en su programa: «Hoy una parte considerable del profesorado se sitúa en una franja de edad comprendida entre los 45 y 50 años». A esa franja también la llama, con gran decoro, «las etapas finales de su carrera profesional». En fin, que a esos profesores les falta poco para el retiro. Por suerte, prosigue el documento, «a lo largo de los próximos años habrá una fuerte renovación generacional (...), lo que puede ayudar a cambiar progresivamente el perfil profesional». O sea que, entre el paso del tiempo y una política inteligente de jubilaciones anticipadas, en 2007 puede que ya tengamos a buena parte del sector reconvertido. ¿Y a los nuevos -tal vez se pregunte algún lector-, qué más se les va a exigir, aparte de las aptitudes citadas? Pues no gran cosa. Cuanto menos destaquen, mucho mejor. Deberán servir para todo y no estar especializados en nada, ser como una especie de comodines que igual pueden dar clase en primaria que en secundaria. Por el mismo precio. Y tomen por favor la expresión en su sentido recto: por el mismo precio significa que, en el futuro, un maestro y un profesor cobrarán igual. Dicho de otro modo: ya no habrá categorías, diferencias entre diplomados y licenciados. Por no haber, es muy posible que ni siquiera haya maestros y profesores. Que a todos los llamen maestros. U otra cosa. Lo importante, según el documento, es que desaparezcan «las actuales diferencias, tanto en lo tocante a las titulaciones como a la formación y capacitación profesional».

Hace quince años se cepillaron a los catedráticos. Luego empezó, por decreto, la mezcolanza entre maestros y profesores. Ahora van a por estos últimos. Su objetivo, confeso, es convertir la enseñanza obligatoria y el bachillerato en un inmenso parvulario. De P-3 a P-17. Ya casi lo han logrado. No falta más que un empujoncito para que se haga realidad la utopía igualitarista de esa pandilla de mediocres que han destrozado en un par de décadas el trabajo de siglos. Yo sólo les pediría una cosa: que permitan a los viejos profesores jubilarse mañana mismo. Aunque sólo sea para que estos profesores puedan recibir, en vida, un merecido homenaje.


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