El futuro y los edificios escolares0

Lectures (639) 21/02/2005, 10:04  |  La-Vanguardia.-JAUME-FABRE

Mediodía. En un barrio residencial de Girona, de chalets unifamiliares, las alumnas de una escuela concertada, impecablemente uniformadas, atraviesan la puerta de salida, vigilada por un guardia de seguridad. Al otro lado de un cuidado seto de tuyas se adivinan los impecables edificios escolares. Los altos costes del uniforme, el transporte escolar y las actividades extraescolares mantienen alejadas a las niñas de familias inmigrantes o de grupos sociales de rentas muy bajas.

No deja de ser curioso que los edificios escolares más populares son los que dejó el legado republicano

A la misma hora, en otro barrio, salen chicos y chicas de un edificio de paredes desconchadas, con varios barracones en el patio que cierra sólo una tela metálica, sin otro uniforme que el chándal de las rebajas ni otro transporte escolar que sus piernas.

Esto sucede el mismo día que se clausura en Girona el Fòrum per l´Educació, que ha impulsado, entre otros, el profesor de filosofía gerundense Josep Maria Terricabras. Una de las conclusiones básicas que han quedado del conjunto de actos celebrados es que hay que evitar, a toda costa, las desigualdades escolares entre niños y adolescentes por razón de su procedencia, estatus económico o zona de residencia, y que es preciso garantizar la igualdad de oportunidades de todos los alumnos. Estos derechos deberían estar al mismo nivel que el de libre elección de centro, una forma solapada de mantener la discriminación. El Fòrum ha tenido un final nacional en la ciudad de Barcelona.

Las construcciones escolares son una de las pruebas más claras de que esos principios no se cumplen. Las diferencias existentes entre determinados centros concertados y determinados centros públicos no escapan ni a la percepción de los propios alumnos escolarizados en ellos, dándoles conciencia de cual es el lugar de cada uno en la sociedad. Pero no siempre ha sido así. La historia de la arquitectura escolar es un vademécum para orientarse en la historia del valor que los gobiernos han dado a la educación. En Girona, en Barcelona y en muchas otras ciudades, determinados edificios destinados a la enseñanza pública han sido puestos siempre como ejemplo de momentos clave, de presupuestos extraordinarios destinados a la formación y de renovaciones pedagógicas a fondo. De igual forma, la chapuza permanente a remolque de la cobertura de déficits ha caracterizado otras épocas penosas, ya fueran los tranvías convertidos por el Ayuntamiento de Porcioles en aulas escolares de Torre Baró, los módulos prefabricados del Ministerio de Educación y Ciencia franquista o el millar de barracones que se van desplazando por Catalunya desde hace una década.

En el lado positivo, se citan siempre los proyectos puestos en marcha por la Comissió de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, durante el primer cuarto del siglo XX, cuando el Gobierno conjunto de republicanos y regionalistas hizo posible una de las épocas más brillantes del Gobierno municipal de la ciudad. Entonces se pusieron las bases para la construcción de los primeros seis grupos escolares, diseñados por el arquitectos Josep Goday, y que todavía se mantienen en pie, con la imagen característica de su fachada esgrafiada. Tras el paréntesis de la dictadura de Primo de Rivera, fue el Ayuntamiento republicano quien los inauguró.

En la ciudad de Girona, los edificios escolares más veteranos se identifican también con momentos muy concretos de la historia de la ciudad. El primer Ayuntamiento republicano levantó más, en tres años, que los que se habían construido desde la Restauración. Son edificios de una fuerte personalidad arquitectónica a cuyos orígenes ha quedado vinculado el nombre de pedagogos ilustres y, sobre todo, la voluntad política de dignificar la enseñanza pública sin mirar en gastos. No deja de ser curioso que, aún hoy, los edificios más populares, más identificables y que primero menciona alguien cuando se le pide que cite algún centro escolar de la ciudad sean los que dejó el legado republicano: el Ignasi Iglesias, en Montjuïc; el Prat de la Riba, en Vista Alegre; y el Ramon Turró, hoy Lorenzana ymás conocido popularmente como col·legi verd,en el Eixample. Los tres son citados en todos los libros de historia y en todas las guías de arquitectura de la ciudad, mientras que no aparece ninguno de los que se han construido en los tres cuartos de siglo siguientes.

En los últimos 25 años se han levantado muchos nuevos centros públicos. Unos de mejor arquitectura que otros, aunque domina el eclecticismo y lo anodino, todos en general con los habituales problemas de mala calidad de construcción. Las goteras y los cortes de luz llegan a los dos meses de la inauguración. Todos con mobiliario y equipamiento que ponen a la vista los ahorros presupuestarios. Unos ahorros que resultan tanto más afrentosos cuando se comparan con el lujo de ciertas sedes de organismos oficiales dedicados a labores burocráticas. Y ello dejando de lado los muchos edificios escolares obsoletos y en un estado de conservación penoso que todavía existen en las ciudades de Catalunya.

Ahora, los déficit de plazas escolares vuelven a aumentar. El crecimiento demográfico de origen migratorio pone sobre la mesa la posibilidad de emprender un ambicioso plan de construcciones escolares, un presupuesto extraordinario que renueve de verdad los centros de enseñanza. Es una ocasión única para la Generalitat. Sería una pena que se dejara pasar y los parches, uno sobre otro, siguieran como tónica habitual para mantener los edificios donde pasan la mitad del día los que son nuestro futuro.

El historiador de la pedagogía gerundense Salomó Marqués escribía en un libro recientemente publicado: "Una de las muchas preocupaciones del Gobierno de la República fue construir edificios escolares dignos, en consonancia con el prestigio que se quería dar al trabajo educativo. El edificio debía ser la imagen externa de lo que se hacía en la escuela". ¿Cuándo podremos dejar de mirar al pasado y enorgullecernos del presente?


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