Educación para la ciudadanía0

Lectures (612) 11/04/2005, 08:27  |  La-Nueva-España.-LUIS-ARIAS-ARGÜELLES-MERES

Principio de educación: la escuela, como institución normal de un país, depende mucho más del aire público en que íntegramente flota que del aire pedagógico artificialmente producido dentro de sus muros. Sólo cuando hay ecuación entre la presión de uno y otro aire la escuela es buena. (Ortega)

Entre las muchas iniciativas del Gobierno de ZP, parece ser que se encuentra en marcha la inclusión de una nueva asignatura dentro de la enseñanza obligatoria cuyo enunciado es el que encabeza este artículo. Tal cosa supone o bien un bizqueo inquietante por parte de las cabezas pensantes de nuestro Gobierno, o bien una demagogia impresentable. Es más de lo mismo. En este caso, que recaiga sobre la escuela una responsabilidad que excede con mucho su ámbito y que, en el mejor de los casos, está abocada al fracaso. Reparemos en las palabras de Ortega que encabezan este artículo. ¿Qué puede hacer la escuela en educación ciudadana frente a la televisión basura, frente al cotilleo generalizado, frente a la ramplonería aplaudida? ¿Está dispuesto este Gobierno a terminar con la televisión basura en el llamado ente público, más allá de declaraciones efectistas que hablan de no proyectar ciertos contenidos en los que supuestamente son «horarios infantiles»?

No voy a entrar aquí en el apasionante y viejo asunto del «Protágoras» platónico, planteando una vez más si la virtud, entendida al socrático modo, es o no enseñable. Para eso lo mejor es remitir al diálogo platónico. Voy a algo mucho más modesto.

Pongamos por un momento las viejas y venerables mayúsculas en un término no menos venerable: Ciudadano. Es decir, hombre libre, sujeto de derechos y de libertades. Es decir, individuo que florece en la civilización occidental. ¿Alguien cree, si nos ponemos estupendos, que tal concepto puede compaginar con la mentalidad de una sociedad gazmoña a más no poder?

Porque sobre la escuela tiene que recaer la conciencia antibelicista, la conciencia contra la xenofobia, la amplitud de miras inequívocamente democrática, y así un largo etcétera. Y fuera de ella lo que hay es en muchos casos lo más opuesto a todo esto que venimos citando. Parte de la responsabilidad de la educación se considera que se elude en las familias haciéndola recaer sobre la escuela. La escuela debe educar contra un amplio lote de asuntos que se transmite en los medios. La escuela debe paliar en muchos casos la dejadez de unos padres que disfrutan un día y otro también del letargo en el sofá y de la hipnosis de la televisión. La escuela debe combatir la violencia que está en la calle y en los medios. Debe luchar contra el individualismo más salvaje. Debe también frenar el consumismo compulsivo. Y, además de todo esto, tiene que enseñar lengua, matemáticas, historia, inglés y un largo etcétera. ¿No es cierto que, así las cosas, la escuela tiene de antemano perdida la batalla? ¿No se lo fían demasiado largo a la Escuela?

Educación para la ciudadanía que se inserta en los planes de estudio. En los libros de texto ad hoc figurarán esos términos venerables de los que venimos hablando. Pero quienes estudien esa materia cenarán con programas de cotilleo. Hablarán en los pasillos y en los recreos de programas televisivos en los que aparecen personajes sin más mérito en la mayoría de los casos que la impudicia y la osadía. Verán violencia en las calles y en la televisión.

Educación para la ciudadanía. Prueba del nueve de la demagogia que nos envuelve, versión actualizada de una materia de nefasto recuerdo en la que varias generaciones tuvieron que memorizar «Principios inalterables y permanentes».

¡Cuánta demagogia, Dios mío, cuánta demagogia!


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