La enseñanza destruida0

Lectures (963) 21/04/2005, 07:44  |  El-Mundo.-Javier-Orrico  |  Etiquetes: #LOGSE, #LOE, #LOCE,

Falso debate. Lo que el primer ministerio de Sansegundo nos ofrece con su LOE -envuelto en el oropel de un falso debate- es la decepción de los profesionales. No es otra cosa que un regreso a la plenitud de la LOGSE, una insistencia dogmática en los principios ideológicos mucho más de ingeniería social de la señorita Pepis que de verdadera pedagogía. Un formato con el que destruyeron la enseñanza para sustituirla por la factoría de irresponsabilidad que es hoy el sistema educativo.

CUATRO REFORMAS EN 15 AÑOS

La LOE sustituirá a la LOGSE (1990), LOPEG (1995) y la LOCE (2002)./ La nueva ley incorpora dos reválidas, a los 10 y a los 14 años, la enseñanza de un segundo idioma e informática a partir de los cinco años. / Los alumnos repetirán curso con tres o más asignaturas suspendidas. / La nota de Religión no contará para el acceso a la Universidad.

La intención confesada por Sansegundo es, en efecto, la de combatir el fracaso escolar. Pero lo que no dice es que ese fracaso nace de las concepciones que ahora vuelven a presentársenos como bálsamo corrector del abismo: el mantenimiento de la comprensividad -a la que ahora se llama «educación común»-, o todos juntos por el camino único sin posibilidad de elegir, que es el origen del desastre y con lo que pretendían acabar los itinerarios de la tímida LOCE. Y la atención a la diversidad -el paliativo-, que supone más refuerzos, más apoyos, más diversificación: un itinerario blando, real pero encubierto. Y todo para no reconocer que se trata, en verdad, de una separación por niveles y actitud, lo que en la jerga integrista de los logsócratas se llama con escándalo fariseo la segregación, como si se tratara de volver a la Sudáfrica de los boers y el apartheid.

La consecuencia no es sino la continuidad del que quizás sea el eje más funesto de la pedagogía LOGSE: la irreductible negativa a atribuirle al alumno alguna responsabilidad sobre su propia vida, para desplazar el núcleo de las exigencias a los profesores y a los medios puestos al servicio de la educación.

Lo curioso, otra más de las paradojas que producen los teóricos de la nada que todo lo ignoran sobre la realidad de las aulas, es que presentando estos principios como aquellos que han desplazado el protagonismo de la enseñanza hacia el alumno, consiguen el efecto contrario: que el alumno se haya convertido en un sujeto pasivo, sin obligación de aportar algo a una causa que se supone compartida, y al que el sistema debe servir -tirando de él desde la culpabilización de quien no sea capaz de removerlo, de motivarlo- como a una especie de señorito tiranuelo con prebendas y sin deberes. Sin duda, el mejor método para que se estrelle.

Ayer mismo me decía un chico de 17 años -los pedagogos, psicólogos y exculpadores profesionales le llaman «niño», aunque antes a esas edades ya estábamos en la universidad y vivíamos solos- que por qué se iba a quedar él sin título si a pesar de no haber hecho absolutamente nada durante dos años, había aparecido de vez en cuando por allí. Lo estupefaciente es que, al parecer, el Ministerio de Educación de los Pueblos y Naciones del Estado español piensa lo mismo: por eso, de nuevo, y como corolario final de este regreso a la LOGSE, la limitación de las repeticiones, las promociones automáticas que nunca se habían ido, y la eliminación de los suspensos, las reválidas y cualquier forma de obstáculo que pueda suponer selección, no por la cuna, sino por el valor y el esfuerzo.

¿Qué hay, entonces, detrás de este empeño en no reconocer una filosofía educativa tan equivocada, que consigue justo lo contrario de lo que dice perseguir? Pues un par de asuntos, uno ideológico, y otro, digamos, ideológico-ganancial. Por un lado, el determinismo de origen marxista, el que sustituyó a la voluntad de Dios, Providencia o Fortuna, para establecer que el hombre estaba predestinado por las relaciones de producción, y que hoy, caído el muro, va tomando otras caras -la bioquímica, la genética, la psicológica-, todas destinadas a eliminar la idea de que somos los causantes principales del relato de nuestras vidas. Y, en fin, por ello igualmente todas expresión de una desconfianza radical en la libertad: en la de elegir, en la de crecer en el riesgo de asumir las propias elecciones, en el compromiso con ellas, que es en lo que debería consistir la educación.

Por eso el todos juntos, los centros cerrados, la ausencia de itinerarios, la demonización del esfuerzo y el mérito porque distinguen, porque, en efecto, diferencian, porque abren la posibilidad de una real promoción social que hoy está más lejos que nunca.Lo que impide la igualdad es la ausencia de una formación que permita competir con los másteres del universo que los hijos de los banqueros y los ministros obtienen en Harvard.

Y en segundo lugar, una cuestión mucho más tangible, funcionarial y espesa. Si se reconociera que el error está en los planteamientos, y no en sus ejecutantes-víctimas, toda la corte de esa reina desnuda que es la psicopedagogía imperante se quedaría sin justificación.Y su existencia misma, sus privilegios y canonjías se revelarían tan falsos como el humo del Retablo de las Maravillas que venden.Son clientelas por las que el Gobierno tiene que insistir en el desastre, abundando en el gasto para desviar la mirada. Y sin embargo, la única condición imprescindible para que haya enseñanza es que alguien transmita lo que conoce y ama a otro alguien dispuesto a participar de esa emoción del arte y de la inteligencia que llamamos cultura. Aunque eso era antes, en un tiempo ya mítico.

Javier Orrico es catedrático de Literatura de Enseñanza Secundaria y autor de «La enseñanza destruida» (ed. Huerga y Fierro), de inmediata aparición en librerías.


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