LOS NIÑOS QUE MALFORMAMOS0

Lectures (373) 30/04/2005, 13:39  |  el-Periódico.-ENRIQUE-Arias-Vega  |  Etiquetes: #Salut laboral,

En un debate televisivo sobre el bullying en el que participé, el 78% de los telespectadores responsabilizó del problema a los padres, y sólo el 22%, a los profesores. Es una simplificación, claro. Pero bastantes líos tienen ya nuestros docentes como para echarles más carga encima.

Según encuestas nada sospechosas, hasta el 30% de los profesores padece algún síntoma depresivo. Ésa, la depresión, es la segunda causa de morbilidad laboral de los educadores, sólo superada por la consabida gripe. Hemos conseguido, pues, tener un profesorado sin suficiente motivación, tan intimidado a veces como esos alumnos que sufren el acoso de sus condiscípulos. Antes, por aquello del principio de autoridad, cuando un chico confesaba a sus padres que había sido reprendido por un profesor, la consabida frase era: "Algo habrás hecho para merecerlo". Ahora, en cambio, muchos progenitores acuden hechos unos basiliscos a la escuela para cantarle las cuarenta al osado educador. En el programa televisivo al que aludía, el director de un instituto evocó el día en que un mozarrón de 18 años le puso una navaja en el cuello en pleno centro escolar.

A cuenta del tristísimo suceso de Jokin, se ha evidenciado ahora el acoso en la escuela que, según estadísticas, padece de forma sistemática un 10% de los alumnos de entre 13 y 15 años, producido por un exiguo 2% de sus condiscípulos. Pero ese fenómeno, cuyo estudio apenas comenzó hace 20 años, es sólo una manifestación más de una violencia y una vesania juvenil sin precedentes. Hace unos años, por ejemplo, nos asombrábamos del pandillismo norteamericano, de las bandas vandálicas que organizaban verdaderas guerras urbanas.

AHORA, LA plaga se ha extendido al sur del Río Grande, y ciudades otrora sumidas en una quietud poscolonial, como Quito, tienen ya algunas de las bandas más numerosas y más violentas del continente. Aquí cada vez son más frecuentes los asesinatos en grupo, desde el trágico del hincha donostiarra Aitor Zabaleta en Madrid hace ocho años, al homicidio de un joven magrebí por tres menores hace dos semanas en Sagunto.

¿De quién es la culpa? Probablemente, de todos. Pero es verdad que la desaparición de la familia tradicional, que ahormaba muchas conductas, ha dejado sin alternativas de formación, de transmisión de valores y de un espacio donde ventilar muchos conflictos. ¿Cómo trasladar esa responsabilidad a una escuela en la que se evidencia, precisamente, esa falta de valores? En muchos casos, incluso, el absentismo escolar roza cifras de escalofrío. Resulta, pues, bastante lógico que los docentes se dediquen a los alumnos más aplicados y no desperdiguen sus esfuerzos a costa de retrasar el avance de los mejores.

En cualquier caso, muchos padres le hemos pasado el marrón, como ahora se dice, a una escuela incapaz de hacerse cargo de él, sometida a los vaivenes legislativos del Gobierno de turno, a la ausencia de asignaturas de convivencia social y a una disciplina con más remiendos que calcetín de pobre. La tercera pata del trípode en que se apoya este desaguisado se llama televisión, ese aparato que, según el Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, atiborra a nuestros hijos "de imágenes zafias, de cotilleros inútiles y abyectos", en el mejor de los casos.

Seguramente, tenemos la televisión que nos merecemos, la cual incumple sistemáticamente todas las normas, incluida su reciente autorregulación sobre la telebasura. Aquí disponemos de infinidad de leyes, incluso para proteger a los menores. Pero en este país las leyes se hacen para incumplirse: desde las que prohíben cerrar los terrados hasta las que impiden cobrar el paro mientras se trabaja en una ferretería. Es lo mismo que ha hecho la televisión, vulnerando los límites publicitarios, los horarios infantiles, las leyes antilibelo... ¡Menudo instrumento formativo para nuestros hijos!

No quiero pecar de pacato, aunque me importa un bledo el parecerlo. Pero lo cierto es que aquí, y fuera de aquí, cada vez hay más violencia juvenil, a edades más tempranas --como la reciente agresión a navajazos de un niño de 10 años a una chica de 14--, en grupos mayores y con instrumentos legales inadecuados para impedirlo y, sobre todo, para prevenirlo.

APUNTO solamente dos reflexiones finales sobre el tema. Una, que la represión a tiempo del delito menor evita el delito mayor. Con esa filosofía, que conllevaba limpiar los grafitos callejeros, el alcalde Rudy Giuliani consiguió reducir la delincuencia en Nueva York. Otra reflexión: la necesidad de una justicia flexible, con penas no vindicativas, sino formativas. Es lo que practica el juez granadino Emilio Calatayud, penando con trabajos sociales a los incipientes delincuentes juveniles. Ya ven: o nos espabilamos todos o no les cuento lo que nos espera.


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