Inmigrantes adolescentes0

Lectures (526) 13/06/2005, 09:43  |  La-Vanguardia.-MIQUEL-SIGUAN-

El haber participado recientemente en una reunión en la que se discutía sobre los problemas que plantea la presencia cada vez más numerosa de inmigrados en las escuelas públicas y muy especialmente de inmigrados marroquíes me ha hecho patente la gran preocupación que despierta el tema, la variedad de opiniones que se enfrentan y la pasión con que se defienden.

Mi justificación para intervenir en el debate es haber dirigido un estudio en el que se recogen un cierto número de historias de adolescentes marroquíes en Madrid y en Barcelona.

Los jóvenes inmigrados pertenecen a familias que dejaron Marruecos pero que mantienen una relación afectiva con su lugar de procedencia, en muchos casos lo visitan con cierta frecuencia y aunque saben que la situación económica de su país hace que su alejamiento sea definitivo y que deberán integrarse en la sociedad a la que han llegado no por ello están dispuestos a olvidar sus orígenes.

Desde nuestra perspectiva esto significa la necesidad de compaginar o de integrar dos identidades nacionales como le ocurre a cualquier inmigrante. Pero en el caso de los marroquíes hay que tener en cuenta que su identidad colectiva primaria antes que nacional es religiosa. Todos nuestros entrevistados aceptan como un hecho que ellos son musulmanes. Desde nuestro punto de vista nos parecería natural que el contacto con sus condiscípulos autóctonos que en su mayoría viven al margen de la religión, o que ciertas nociones que reciben en la escuela erosionasen esta identificación, pero no parece ocurrir. Todos los entrevistados, con mayor o menor énfasis, dan por supuesto que ellos son musulmanes y que seguirán siéndolo. Ytodos prevén que un día se casarán con alguien de su misma religión y que educarán a sus hijos en su misma fe. La continuidad parece, pues, asegurada.

La religión musulmana no es sólo un sistema de creencias, es también un sistema de normas que regulan la existencia individual y colectiva, normas que no siempre coinciden con las vigentes en nuestra sociedad. Y uno de los mayores contrastes se da, como es sabido, en la manera de entender el papel de la mujer. Todos los sujetos varones de nuestro estudio son conscientes de esta diferenciación que hace que en sus casas sus hermanas deban dedicar mucho tiempo a tareas domésticas de las que ellos permanecen excluidos. Uno de nuestros entrevistados, a punto de ingresar en la universidad, reconoce que es una hermana menor la que se ocupa de hacer su cama y de asear también su habitación, sabe que en casa de sus amigos españoles esto no ocurre así y acepta que esto es injusto, pero ve difícil el cambiarlo.

Nuestras entrevistadas femeninas sí que son conscientes de la diferencia y la sienten como una injusticia. Una de ellas lo vive dolorosamente. Ha cambiado de barrio y de escuela y teme que a consecuencia de ello no va a poder aprobar el curso, lo que pondrá en peligro su futuro escolar y con ello la ilusión de su vida, convertirse en enfermera y tener una ocupación propia. Sus padres, y es lo que más le duele, no comprenden su preocupación, si suspende el curso dejará de estudiar y podrá dedicar más tiempo a las tareas domésticas. Después de todo, si ha de terminar casándose, ¿qué más da que termine o no los estudios primarios? Así la escolaridad de las niñas parece impulsar una fisura en las creencias tradicionales, pero si se produce será muy lenta. Las expiaciones de otra adolescente son bastante reveladoras en este sentido. En su colegio hay niñas que llevan el chador y otras que no lo llevan y ella cree que así tiene que ser, cada niña ha de poder llevarlo o no y los demás tiene que aceptarlo. ¿Y en el caso de las mujeres casadas? Ella piensa lo mismo, han de sentirse libres para llevarlo o no llevarlo sin que nadie las critique. Pero su concepto de la libertad es algo singular porque nos aclara que basta con preguntarle al marido qué prefiere, que lo lleve o no lo lleve, y conformarse con su opinión.

Así llegamos al meollo de la cuestión, cada grupo inmigrado tiene características propias que hay que tener en cuenta para hacer posible la convivencia en una sociedad común. Pero los musulmanes tienen una característica singular, que el núcleo de su identidad es una creencia religiosa compartida mientras que nuestra sociedad es institucionalmente laica aunque tolere y respete las creencias reli-giosas y aunque reconozca un papel singular a la religión católica. El problema será encontrar normas comunes y límites aceptables, lo que no será fácil. Así en Francia y en nombre de la democracia y del laicismo se ha prohibido el chador en las escuelas mientras que en Londres, por el contrario, recientemente se ha celebrado como un triunfo de los derechos del individuo frente a la presión estatal el reconocimiento a una joven del derecho a vestir una especie de burka que sólo deja una parte de la cara al descubierto. No será fácil encontrar un terreno de encuentro, pero muy probablemente, como es habitual en Inglaterra y como a pesar de todas las objeciones ha debido hacerse en Francia y en otros países europeos, habrá que reconocer algún órgano representativo de la comunidad islámica.

Y aquí llega la última y más grave dificultad. A pesar de que la creencia musulmana sea la raíz de su identidad colectiva, no tiene una ortodoxia, sino que en su interior coexisten distintas corrientes que en este momento están no sólo agudizadas, sino incluso violentamente enfrentadas. Paralelamente, la actitud de Occidente ante el islamismo está condicionada por la radicalización de algunas corrientes fundamentalistas y con la intención de combatirlas se corre el riesgo de agudizarlas. De manera que no será fácil predicar la concordia y el sentido común. Pero no nos queda otro camino. Hace diez años, cuando la inmigración sólo había empezado y cuando no sabíamos quién era Bin Laden, todo lo que acabo de decir era inimaginable, pero dentro de otros diez quizás no sepamos hablar de otra cosa.

M. SIGUAN, catedrático emérito de la UB


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