Ceguera voluntaria en la educación0

Lectures (526) 22/06/2005, 10:58  |  ABC.-PILAR-DEL-CASTILLO  |  Etiquetes: #LOGSE,

LLEVAMOS un año perdido en el campo educativo, tras la supresión arbitraria de la Ley de Calidad de la Educación por el Gobierno socialista. El resultado ha sido un incremento del marasmo y del escepticismo en un terreno tan capital como problemático de nuestra vida social. Algo ciertamente grave si, sobre todo, como ocurre en el terreno de la educación, la realidad reclama a gritos la revisión del modelo vigente, el modelo de la LOGSE.

Se acostumbra a repetir que la educación es una cuestión de Estado y en ella se impone, por tanto, el acuerdo entre los dos grandes partidos. Pero aquí estriba la dificultad, precisamente, al considerar los socialistas la educación coto cerrado, en el que la derecha sólo puede aportar «clasismo», «oscurantismo» y reacción, en una palabra. Todos los intentos desarrollados por el Gobierno del PP en la legislatura anterior para llegar a un acuerdo sobre la Ley de Calidad encontraron un no rotundo del PSOE, que, por el contrario, consideraba la educación como un rentable campo de confrontación política con el Gobierno. Pero esa actitud formaba parte de un problema de fondo mayor, un problema que consiste en la negativa del PSOE a mirar de frente y asumir la realidad de nuestro sistema educativo, que es fruto, por cierto, de la absoluta hegemonía de que han disfrutado los socialistas a la hora de enseñar a nuestros hijos durante los últimos veinte años. Tengo que recordar aquí que, contrariamente a la confusión que de manera muy interesada se promueve desde las filas socialistas sobre hipotéticas constantes reformas en educación, en 35 años ha habido exactamente tres grandes reformas: la Ley General de Educación del año 70, la LOGSE del 90 y la Ley de Calidad de la Educación de diciembre de 2002. Las dos primeras tuvieron tiempo de aplicarse y contrastar su utilidad; la última fue yugulada por el Gobierno socialista en su primer año de aplicación en un alarde de «buenas prácticas» democráticas.

Aquello que el PSOE no se atrevió a llevar a cabo en materia de ingeniería social y económica cuando llegó al poder en 1982, pues supo aprender en la cabeza de Mitterrand, lo llevó a cabo, sin embargo, en la educación. Y sigue en sus trece. Nuestros niños y jóvenes fueron sometidos progresivamente a un modelo de escuela «comprensiva», invento anglosajón, cuyos resultados en otros países se conocían ya como calamitosos en los años setenta. En mi opinión, la raíz del problema se halla en que la llamada «comprensividad» tergiversa la razón de ser de todo sistema educativo. La educación existe para transmitir de modo eficaz conocimientos y valores formativos de la persona. Unos y otros han de asociarse estrechamente al proceso de aprendizaje para que éste merezca tal nombre. Lo he repetido hasta la saciedad en los últimos años: sin esfuerzo no hay aprendizaje; sin aprendizaje no tiene lugar el crecimiento educativo, ni con él la manifestación y el reconocimiento del mérito; y sin ello no hay fundamento para la autoridad en las aulas, ni respeto hacia los profesores y entre los alumnos, ni verdadera tolerancia. Y sin autoridad, respeto y tolerancia, derivados del empeño compartido de enseñar y aprender, no puede haber paz y convivencia en los centros educativos.

La Ley de Calidad de la Educación constituye un conjunto de medidas cuyo objetivo es facilitar una mayor eficiencia del sistema educativo. Sus contenidos sintonizan, además de con reformas de otros sistemas educativos, con la opinión muy mayoritaria de nuestro profesorado, con independencia de sus preferencias partidistas y sindicales, tal y como reflejan numerosas encuestas. Vuelvo a reiterar aquí hasta qué punto he sentido el aliento de los profesores en todo el proceso de reforma que concluyó con la aprobación parlamentaria de la Ley de Calidad.

Hoy es evidente, sin embargo, que los socialistas siguen empeñados en que la tarea central del sistema educativo no es ninguna que requiera esfuerzo, porque es difícil, sino la mucho más cómoda de igualar en la mediocridad, es decir, en la consecución de unos resultados de muy bajo nivel para todos. Por eso rechazan todo lo que signifique medidas que promuevan el rigor, la responsabilidad, la autoexigencia, el mérito, es decir todo lo que es imprescindible para aprender; principios que además deben socializar a los alumnos en la idea fundamental de que las acciones tienen consecuencias. Paradójicamente, a la vez que todo ello se desprecia, proponen introducir una asignatura llamada «Educación para la ciudadanía», como si fuera posible la educación en valores al margen de los que transmita de forma implícita, pero efectiva, el propio proceso de la educación.

La mejor prueba de este vacío que subrayo, de esta crisis de confianza del sistema educativo, viene dada por la vuelta, apenas velada, a la promoción automática. Si se puede llegar al final de la Secundaria obligatoria con doce suspensos, difícilmente los alumnos asumirán con la seriedad requerida sus responsabilidades. De este modo, los niños y adolescentes quedan todavía más inermes ante los mil y un reclamos engañosos orientados a persuadirles de que todo es trivial e irrelevante y que por eso y sólo así la vida resulta divertida. Lo más grave, en todo caso, es la quiebra de la solidaridad social que este igualitarismo de la mediocridad conlleva para aquellos niños y jóvenes de familias con menos recursos y cuyos padres tienen un nivel educativo precario. A estos cientos de miles de alumnos, el PSOE les viene a decir: olvidaos de que la educación constituya la gran oportunidad para vuestro futuro, pues la educación de calidad será definitivamente un privilegio que intentarán adquirir quienes puedan pagarla.

Hay, por último, otras dos cuestiones que no quiero dejar de mencionar. La primera es el hostigamiento a la libertad que sufren las familias para decidir la educación de sus hijos. La segunda es la desvertebración del sistema educativo en diecisiete sistemas distintos: en la medida en que la propuesta socialista necesita complacer a la Esquerra catalana, se merman drásticamente los contenidos que son comunes en la enseñanza y cuya definición es competencia del Estado.

Nuestra educación se parece cada vez más a un muñeco sin resortes, incapaz de moverse. Urge exigir con rotundidad al Gobierno socialista rigor, seriedad y responsabilidad sobre una materia tan crucial para el futuro de nuestra sociedad.

PILAR DEL CASTILLO EX MINISTRA DE EDUCACIÓN, CULTURA Y DEPORTE


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