Autoridad educativa0

Lectures (480) 25/11/2005, 08:23  |  La-Vanguardia  |  Etiquetes: #LOE,

Los portavoces de la plataforma que agrupa a las organizaciones que convocaron la multitudinaria manifestación del 12 de noviembre en Madrid contra la reforma educativa dieron ayer por roto el diálogo con el PSOE al considerar que el Gobierno les ha engañado, al carecer de voluntad negociadora, y anunciaron "más actuaciones", es decir, nuevas protestas y movilizaciones. Por su parte, el portavoz socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, acusó a sus interlocutores de haber abandonado unilateralmente la mesa negociadora, antes incluso de conocer las respuestas a sus demandas, y se preguntó qué había en la trastienda.

En la trastienda están los intereses cortoplacistas, de unos y de otros, pero debería resituarse en primer plano el interés general. No en vano, el debate sobre la ley orgánica de Educación (LOE) es vivido con intensidad por sectores muy amplios de la sociedad española. La educación es una de las preocupaciones cotidianas de las familias y un asunto que describe acusadamente el tono y los perfiles de una sociedad. Hasta el momento, ha primado la polémica sobre la presencia y entidad de la asignatura de religión, y se han orillado los problemas de fondo que hoy ponen en crisis los modelos educativos, tanto en nuestro país como en las sociedades vecinas. La polvareda que levanta un aspecto concreto de la LOE impide hablar serenamente de aquello que constituye la base de un sistema educativo de calidad, capaz de afrontar sus objetivos.

La escuela se ha convertido en un laboratorio estresante y desconcertado de los grandes cambios sociales y culturales. En esta trinchera, los educadores tratan de mantener su labor con eficiencia mientras la sociedad les reclama, cada vez con mayor urgencia y desorden, que asuman tareas que, en otras épocas, eran competencia estricta de la familia. También es preocupante la crisis de determinados valores vinculados a la experiencia escolar tales como la curiosidad, el esfuerzo, la continuidad y la disciplina. Humanistas como George Steiner han hablado del descrédito creciente del saber y de la cultura como herramientas de emancipación personal, una quiebra que coloca a los transmisores de conocimientos en permanente fuera de juego ante los escolares y, no pocas veces, sus progenitores. El educador se convierte en el vendedor de una mercancía que su público apenas valora. Urge, por tanto, restaurar la autoridad para educar, empezando por reconocer el papel central de los maestros y del director de centro.


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