Maestro en un gueto francés, profesión de alto riesgo0

Lectures (637) 30/01/2006, 09:22  |  La-Razón.-Javier-Gómez-  |  Etiquetes: #Violència escolar, #Salut laboral,

El profesor ideal debe contar con buenas dosis de paciencia, pedagogía y capacidad de escucha. En Francia, además, no es desdeñable poseer conocimientos de autodefensa. La ola de violencia que se vive en las aulas de Francia desbordó el vaso de la paciencia docente la pasada semana, cuando un mocoso de 11 años se lanzó al cuello de una profesora embarazada y comenzó a estrangularla, enardecido por los vítores de algunos compañeros. Sólo la intervención de otro profesor consiguió evitar males mayores.

Los profesionales del centro y de otros en los que han tenido lugar incidentes violentos -un alumno incluso sacó una pistola de fogueo en clase- hicieron huelga el jueves como protesta por la falta de medios. De poco parece haber servido que el Gobierno, a principios de enero y tras el apuñalamiento de una profesora en pleno curso, anunciase que habrá policías de paisano en los centros que lo pidan «para no dejar solos a los profesores» .

«Los hechos más graves se condensan en pocos centros. Lo preocupante es que en esos barrios y, consecuentemente, en esas escuelas se concentran toda la miseria y las desigualdades del país. Allí, la vida diaria es muy difícil para alumnos y profesores. Vivimos una segregación territorial», razona Gérard Aschieri, secretario general de la FSU, principal sindicato docente del país. Segregación. Este fenómeno de «segregación» salta a la vista tras contemplar las estadísticas del Ministerio de Educación. El año pasado se cometieron, en las aulas públicas, 80.000 actos violentos, desde una simple pintada hasta una agresión. De ellos, 13.000 fueron contra profesores. El dato más llamativo, que parece confirmar las palabras de Aschieri, es que el 10 por ciento de las escuelas registre el 50 por ciento de los episodios violentos.

Estos centros sin ley se hallan ubicados en barrios degradados y con apenas infraestructuras, de alta población inmigrante y con pocos recursos. Según uno de los profesores del colegio donde intentaron estrangular a la docente embarazada, «el 90 por ciento de los chavales, aquí, proviene de familias desfavorecidas». No es casualidad que los barrios a los que se refiere Aschieri sean exactamente los mismos que ardieron durante la revuelta de los suburbios del mes de noviembre. Burbujas de subdesarrollo que han crecido en silencio, con la complicidad por omisión de los poderes públicos, a la sombra de la rica Francia, durante los últimos 30 años. «Muchos de mis alumnos, que viven a media hora de París, no han visto nunca la ciudad con 18 años», declara a LA RAZÓN una profesora de lengua extranjera, que trabaja en un instituto público de una localidad degradada al noreste de la capital. Aunque desdramatiza la ola de ataques, sí percibe «una banalización de la violencia» en el comportamiento de los adolescentes. «Muchos no ven otra cosa en su entorno», aduce. La religión musulmana de la mayoría de sus alumnos también influye, en su opinión, «por la dificultad para aceptar la jerarquía de parte de una profesora joven, mujer y mona».

Gérard Aschieri se muestra pesimista en referencia a la suerte de estos territorios abandonados, convertidos en guetos. «Las familias de clase media baja escapan de allí; los franceses que no provienen de familias inmigrantes, también. No hay mezcla social. Las escuelas se convierten en polvorines». No en vano, numerosos centros educativos fueron incendiados durante aquellos disturbios. «Se preguntan para qué les sirve la escuela. E incluso si se graduasen, creen que no encontrarían trabajo por la discriminación», ahonda el sindicalista.

Los profesores alzan la voz exigiendo medios. En los últimos tres años, no se ha contratado un solo asistente social nuevo en las escuelas. El año que viene, la educación secundaria perderá 3.500 puestos. Y la solución de implantar policías en las escuelas no ha convencido en la comunidad docente. Como primera consecuencia, la enseñanza privada, muy minoritaria en Francia (acoge a una quinta parte de los escolares), empieza a incrementar sus peticiones de entrada en la actual situación. «Casi todos mis compañeros en un instituto estatal llevan a sus hijos a colegios privados. Si ya ni ellos creen en la enseñanza pública...» suspira en voz alta la enseñante de idiomas.

Agresión. Los ojos de la sociedad, ahora atentos a cualquier brote de violencia en el mundo escolar, empezaron a fijarse en este fenómeno el 16 de diciembre de 2005. Karen Montet-Toutain, 27 años, profesora de artes plásticas en el instituto Louis Blériot, en la periferia sur de París, recibió tres puñaladas de Kevani Wansale, alumno suyo de 18 años. El agresor quiso vengarse de los comentarios negativos de la maestra sobre su comportamiento. Meses antes, la maestra había vivido escenas poco propias de un centro docente. «Profesora, tengo ganas de hacérmela encima de la mesa de clase», le espetó un alumno, pronto acotado por uno de sus compañeros: «Vale, cuando acabe te la paso». Días más tarde, concretamente el 5 de diciembre, un grupo de chavales le comentaron, entre risas, que iban a robar en su casa y que tenían su dirección. «¿Y qué haréis si estoy en casa?», respondió la enseñante. «Te meteremos una bala en la cabeza», fue la respuesta. Sin risas. Ambos sucesos acabaron plasmados en dos informes enviados por la víctima a la inspección de estudios. Sin respuesta.


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