Maestro torero0

Lectures (576) 04/02/2006, 19:49  |  ANTON-M.-ESPADALER

Es usted profesor? ¿Quiere usted serlo? Si es así, cambie rápidamente de idea. Quíteselo de la cabeza. Pero si no puede, y, guiado por una vocación potente e impulsiva, decide dedicarse a la enseñanza, ponga todo su empeño en renunciar al que en un tiempo fue un nombre prestigioso. El de su propio oficio: profesor.

LA PALABRA profesor ya no indica en exclusiva a los que algo enseñan

Si todo el mundo está de acuerdo en que no hay reforma de la enseñanza que valga, ni plan que se precie sin devolver al maestro toda su autoridad, su dignidad y la más alta consideración social, no hay duda de que el solo nombre de profesor es ya un obstáculo insalvable.

No quiero en modo alguno recordar el valor que tiene la palabra en otros idiomas y en otras realidades académicas, donde se reserva en exclusiva a los que se relacionan sin cesar con la sabiduría y se dedican pacientemente a enriquecerla y agrandarla, por el terror pánico que me produce venir luego a las experiencias de por aquí, donde cada año que pasa se desciende un peldaño, sin que ni siquiera se atisbe el fondo del pozo, ni - lo que es muchísimo peor- el sendero de un hipotético retorno.

Si sostengo que la palabra profesor, que por algo debe empezar un sistema educativo, no vale nada es porque ya no indica claramente y en exclusiva a los que algo enseñan, sino que se ha trasladado al campo de lo esotérico y fantasmal, donde no hay mago, ni vidente, ni tarotista, ni chamán o camandulero que no se invista con el título e imparta quién sabe qué genialidades. Profesor se dice quien te asegura un futuro económico brillante si te encomiendas los jueves al genio avatar Nitika; profesora es otra que se ha ido a Egipto a desvelar los misterios de Alejandro Magno, para sorpresa de Quinto Curcio Rufo; profesor es un "maestro chamán africano, gran médium espiritual mágico con poderes naturales, experiencia en todos los campos de la alta magia africana", que distribuye papeles por Barcelona anunciando que "ayuda a resolver diversos problemas con rapidez y garantía, por difíciles que sean: enfermedades crónicas de droga y tabaco. Cualquier problema matrimonial, recuperar la pareja y atraer a personas queridas". Esos son profesores. Un enseñante, por más que se aplique, no da para tanto.

Así pues, o se entra en competencia directa, y nadie sale de Magisterio sin saber echar las cartas, o se busca un nombre que distinga y dé esplendor.

Si uno busca oficios de prestigio en España que sean reconocidos unánimemente, verá al poco que el único que aún provoca admiración universal es el de torero, según puede observarse cuando un delantero centro marca un gol o cuando se muere un artista de variedades. Entonces el gentío aplaude y grita "¡Torero! ¡Torero!". O sea, el súmmum. La unanimidad es tan grande que incluso cuando un torero hace una buena faena, en este país tan amante de lo traslaticio, en lugar de obsequiarle entre vítores con una apelación inusitada, también le dicen "torero". Ya sé que es inexplicable; en consecuencia cabe deducir que no hay prueba mayor de su validez y aprecio. Yo me apropiaría de la palabra, y me haría llamar torero. Sin la más mínima duda. Torero de Matemáticas. Torero de Lengua Inglesa. Torero de Física y Química. Torero Fresador - porque también debe incluirse la FP- y así hasta completar todo el cuadro docente. Seguro que entonces, cambiando el puntero por unas banderillas, subirá el maestro a la tarima en plan figura, y, gallardo y juncal, se pondrá el aula por montera.


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