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Lectures (357) 08/02/2006, 08:30  |  La-Vanguardia.-FRANCESC-MARC-ÁLVARO

La meritocracia no pasa por una buena época entre nosotros. España va en el furgón de cola de la Unión Europea en el número de jóvenes que no acaban los estudios de secundaria, sólo por delante de Portugal y Malta.

Por autonomías, Catalunya es una de las zonas con un mayor abandono de los estudios, con un 28,3%, muy lejos del País Vasco, a la cabeza con sólo un 15,7% de deserción. Son datos del Ministerio de Educación que introducen muchas dudas. Lo primero que uno hace es volver la vista hacia los gobernantes y los técnicos para tratar de encontrar los puntos débiles de un sistema que, a fuerza de reformas no siempre comprensibles, parece haberse tejido para convertir el conocimiento en una caricatura y la tarea de los docentes en una carrera de obstáculos.

Pero, detrás de todos estos datos, está el papel de cada familia y de cada ciudadano para con sus hijos. Estaría bien disponer de estudios que pudieran medir el grado de abandono escolar en función de la mayor o menor implicación familiar en el proceso que sienta las bases del desarrollo de cualquier individuo. Tendríamos muchas sorpresas y quizás no nos gustaría el retrato que podría surgir de nuestra sociedad. Hago alguna suposición sin ánimo de ofender (¡vivimos tiempos en que se ofenden hasta las piedras!) ni de generalizar, sólo como hipótesis para el debate: Acaso no ponemos la misma pasión con las ciencias naturales o el inglés del niño que ponemos con ese esperado partido de fútbol escolar del fin de semana, ese rato en el que (junto a otros padres) exigimos el máximo a la criatura en medio de gritos (no siempre de ejemplar civismo), a ver si fabricamos un crack millonario. Acaso no ponemos el mismo celo con las ciencias sociales o las matemáticas de la niña que ponemos con esas clases de danza moderna, a ver si la criatura nos sale gran estrella de OT y nos jubila antes de hora.

Ni la meritocracia ni el esfuerzo pasan por una buena época entre nosotros. Es algo que se viene repitiendo pero nadie hace caso. Cuentan muchos profesores que, en más de un aula, el chico o chica al que gusta el estudio lo disimula y trata de parecer indiferente para evitar represalias. El nuevo héroe de la secundaria que todos han de imitar es el hombre masa que se regocija reiteradamente en su estupidez. Siempre hubo gamberros, pero no eran el gran modelo que había que seguir. Hoy, el proceso se ha pervertido y los docentes luchan como pueden contra la plaga. ¿Creen que exagero? Perdonen, no quiero amargarles el café o el viaje en autobús. Hablen en privado con los profesores de secundaria que se atreven a contar sus peripecias. Son lo mejor de nuestra sociedad y los dejamos solitos con el marrón.


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