Maestros ultrajados0

Lectures (412) 03/05/2006, 08:39  |  La-Opinión-de-Málaga.-Juan-José-Martínez-Zato-  |  Etiquetes: #Salut laboral,

En no pocas ocasiones se ha puesto de manifiesto que, en líneas generales, contamos con una juventud espléndida. Esa es la verdad o al menos así lo creo.

Contamos con unos jóvenes, a los que no siempre se presta la atención debida, que poseen dos cualidades muy superiores a los de generaciones anteriores. Derrochan generosidad por un lado y, de otro, practican la solidaridad con los más necesitados y con todos los pueblos de la tierra -denunciando las injusticias sociales, la pobreza y la miseria de los millones de personas que las sufren- haciéndolo de una manera tal, que son un ejemplo para los dirigentes mundiales que practican muchas veces lo contrario. Gracias a ellos no está vacía de contenido la hermosa palabra que la solidaridad es.

Admitiendo lo anterior, por ser de justicia hacerlo, hemos también por fuerza de prestar atención a esos jóvenes que, cada vez en mayor número, exhiben con toda virulencia sus acciones por razones que deben analizarse en profundidad, perpetradas en las calles o en los centros de estudios, modalidad ésta más reciente que la anterior.

Además del cine y sobre todo la televisión que con excesiva frecuencia nos bombardean con series o películas que son una auténtica exaltación, apología en definitiva de la violencia, se suelen señalar como causas de la irracional violencia urbana, según estudios del Ministerio del Interior, el desempleo y por tanto el aumento del tiempo libre, su no participación en la vida social, el consumo de drogas y, en los de más edad, el retraso en la emancipación y las dificultades para acceder a la vivienda.

Carecer de dinero y tener a la vista todo lo que la sociedad de consumo ofrece -con una exhibición publicitaria rozando a veces lo inmoral-, constituye sin duda para ellos una tentación grande, conseguir lo que no tienen de la única forma que pueden y saben hacerlo: por la fuerza, a costa en ocasiones de causar daños irreparables a personas ajenas a su situación. Actúan individualmente o en parejas y muchos de ellos terminan integrándose en bandas peligrosas. Dentro de la violencia urbana y de forma más organizada, desde hace unos años las grandes ciudades asisten al triste espectáculo de las acciones llevadas a cabo por los llamados skin heads, cuyos puntos de referencia más importantes son el racismo y la xenofobia y según los estudios a los que antes me refería, creen que la violencia los convierte en personas, confirmando así su existencia a través del miedo ajeno. Un regalito, vamos. Eso sí, los domingos asisten al fútbol con las consecuencias que todos conocemos, amargando la existencia a los millares de personas que a los estadios acuden a ver ganar o perder al equipo de sus amores. Es decir, a los verdaderos aficionados, porque ellos no lo son. La educación es fundamental para enseñar a nuestros jóvenes lo que la solidaridad es, significa y representa, pero todos los poderes públicos han de hacer los mayores esfuerzos para dar oportunidades a nuestros jóvenes al terminar la enseñanza obligatoria. Todos ellos, que son el futuro de esta vieja y al tiempo joven, espléndida y admirada nación, que España es llamada, merecen tener la oportunidad de acceder a estudios superiores o de aprender dignos oficios, integrándose así en la sociedad.

Pero mientras nuestros adolescentes y jóvenes están en edad escolar, corresponde el papel de protagonistas a los padres y maestros. Los padres han de prestar la debida atención a sus hijos y estar pendientes de su enseñanza, manteniendo continua relación con maestros y profesores, así como pendientes han de estar de lo que hacen en los ratos de ocio y las amistades que frecuentan. Con una gran flexibilidad, así ha de ser, pero con firmeza para evitar desvíos no deseables. El necesario diálogo entre ellos brilla a veces por su ausencia.

Cuando se lee que con trece, catorce o quince años se dan palizas a ancianos, indigentes o inmigrantes, filmando además tan macabras escenas, uno la verdad se estremece e inmediatamente piensa en las víctimas y acto seguido en los padres de los autores. En muchos casos podrían evitarse las correspondientes intervenciones policiales y judiciales si los padres hubieran cumplido diligentemente con sus obligaciones, es decir, con cuidado y prontitud.

Y los maestros merecen capítulo aparte. Se decía hace ya muchos años -yo tengo los suficientes-, cuando se quería hacer referencia a los que tenían pocos ingresos: ¡éste, pasa más hambre que un maestro de escuela!. La segunda República -cuyo recuerdo tanto molesta a la derecha, a pesar de mucho leer ahora, nunca es tarde, el anterior presidente del Gobierno, eso al menos dice y sin que sepamos si lo hace en castellano o catalán, las memorias de Manuel Azaña, tan vilipendiado antaño por la derecha-, se dio cuenta de la importancia de los maestros. Los dignificó económicamente y creó cientos y cientos de escuelas para instruir a un pueblo cuya mayoría de habitantes era casi analfabeta.

Mas vivimos por fortuna hoy otros tiempos. Nuestra sociedad está infinitamente más desarrollada, el analfabetismo ha prácticamente desaparecido, somos el décimo país con mejor nivel de vida y sin embargo también con frecuencia nos desayunamos leyendo o a través de la radio, que algunos maestros son zancadilleados, apaleados, ultrajados o injuriados por sus alumnos. Increíble e irritante. Siempre he visto al maestro como una persona entrañable con quien se comienza a despertar en la vida, aprendiendo todo lo que uno ignora y, al tiempo, como un consejero, como un confesor laico y, por si fuera ello poco, viendo siempre en él a un amigo. Una persona digna del mayor respeto y consideración que deja una profunda y eterna huella en el aprendiz.

Rindo desde estas líneas mi sincero homenaje a quienes realizan, sean hombres o mujeres, la labor de la enseñanza, al tiempo de lamentar que nadie pueda dirigirse a mí llamándome: ¡Maestro!, una de las más bellas palabras que en nuestro diccionario existen. Atentar contra el maestro es el comienzo de un lento suicidio. Tal vez no lo sepan esos adolescentes o jóvenes. Alguien tendrá que decírselo.

Si es cierto, así lo parece, que la violencia, señora que en sus más diversas formas tantas horas preside al cabo del día nuestra sociedad, no lo es menos que debe ésta ser más modesta en la exhibición de sus logros, los padres han de estar atentos a la educación y el ocio de sus hijos, bien cumplir con ellos los poderes públicos y los maestros han de continuar enseñando al que no sabe, al tiempo de agradecerles su nobilísima función. Cuando ellos son ultrajados, todos recibimos una bofetada.


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