¡No me haga reír, señor Riopedre!0

Lectures (889) 12/06/2006, 09:12  |  La-Nueva-España.-LUIS-ARIAS-ARGÜELLES-MERES/Asturias  |  Etiquetes: #LOGSE,

Extensa e intensa la entrevista que le hizo Rafael Sarralde el sábado día 3 de este mes en este periódico. Y, sobre todo, clarificadora. Sus idas y venidas contradiciéndose son de antología. Mire, recuerdo una noticia en este diario, gobernando aún el PP, cuando, según rezaba el titular, el señor Areces y usted «se sublevaban» contra los exámenes de septiembre para la ESO. Es más, en aquel debate sobre el estado de la región, don Vicente, poniendo toda la pasión en ello, dijo no estar dispuesto a consentir que las familias asturianas tuviesen que gastarse sus dineros en todo lo que conllevaba la preparación de las pruebas septembrinas. Ahora cambia usted de parecer, movido, según declara, por lo que es la opinión del profesorado. ¡No me haga reír, don José Luis! ¿Desde cuándo le preocupan a usted los afanes de este colectivo que en su día fue el suyo?

Sobre eso que eufemísticamente se llama «conflictividad en las aulas», manifiesta usted que, en primer término, la LOGSE es inocente. Y, en segundo lugar, que la enseñanza padece las consecuencias de las tensiones sociales. En cuanto a lo primero, señor mío, son ustedes unos virtuosos en el arte de «sostenella y no enmendalla». Contra lo que dicen informes inequívocos, contra lo que es el pensar y el sentir de la mayor parte del profesorado, para usted fue beneficiosa una ley que se cargó el esfuerzo que supone el aprendizaje, así como la necesaria disciplina en las aulas. Eso por no hablar de disparates como pasar de curso con un montón de asignaturas suspensas y un sinfín de barbaridades más.

En cuanto a la conflictividad en las aulas, mire usted a los ojos al profesorado y atrévase a decirles que, como consecuencia de las tensiones sociales, somos un colectivo que debe tolerar la humillación en el desarrollo de nuestro trabajo, que eso va en nuestro sueldo.

Vivimos en una sociedad compleja y violenta, eso ya lo sabemos. Ahora bien, ¿alguien se atrevería, partiendo de esta premisa, a decirles a otros muchos colectivos laborales que va en su sueldo que sean humillados y, a veces, amenazados en sus trabajos? Se lo expondré muy claro, señor mío, tal argumentación es vomitiva.

No está falto de razón cuando afirma que la Escuela no está en condiciones de resolver muchos de los problemas que las familias no afrontan. Sin embargo, no sé yo cómo puede la enseñanza enfrentarse a esto con dignidad y con un mínimo de garantía de éxito, máxime cuando el principio de autoridad en el aula ustedes se lo han cargado y siguen, como dije más arriba, con el «sostenella y no enmendalla». Ni las comisiones ad hoc ni los consejos (muy espirituales) de los que huyen de la tiza y se embozan en sus papelotes de retórica demagógica van a resolver nada. Educar (seguimos con perogrulladas) es, entre otras cosas, hacer ver la necesidad de respetar unas normas mínimas para la convivencia en un espacio público como es el aula. Reventar el desarrollo del trabajo de quien está impartiendo la clase, con lo que ello conlleva de lesión al derecho de aprender de la inmensa mayoría del alumnado, es un atropello que no se debe consentir ni enmascarar con comisiones ni cursillitos al propósito.

Sale, por otro lado, en defensa de esa materia llamada «Educación para la ciudadanía». Lo suyo es mucho, honorable consejero. La mejor educación para la ciudadanía sería, para empezar, que la vida pública no fuese el espectáculo que es, gracias, entre otras cosas, a lo que hacen ustedes, los políticos. ¿Puede el Consejero de un Gobierno que pisotea en sus nombramientos la meritocracia referirse sin atragantarse de educación para la ciudadanía? ¿Puede hablarse de educación para la ciudadanía cuando han recortado tanto y tanto las enseñanzas del latín, el griego, la historia, el arte y la filosofía, cuando en esta última materia tuvieron la tentativa de cargársela casi por completo? ¿Puede haber ciudadanía consciente sin un conocimiento siquiera elemental de las materias que acabo de nombrar? ¿Considera que alguien puede creerse que a ustedes los políticos les interesan ciudadanos críticos?

La educación para la ciudadanía empieza por el ejemplo en la vida pública y concluye por poner a disposición del estudiante un mínimo de conocimiento acerca de las llamadas materias humanísticas. Y ustedes no están por la labor. Que defienda una materia como ésa, especie de decálogo de lo políticamente correcto, es un insulto a la inteligencia.

Y, luego, en el asunto de la religión en la enseñanza, se escabulle usted de forma lastimosa. Primero, lo esencial no es la patraña que se traen ustedes y el PP con que sea o deje de ser la religión evaluable. Digo patraña partiendo no sólo de que no debe ser evaluable, sino que además el Estado laico no tiene por qué sufragar la propaganda de una creencia en su enseñanza oficial. Piense, don José Luis, en las horas que un instituto dedica a la religión. Como sabe, hay que multiplicarlas por dos, puesto que eso implica que haya también la llamada «Alternativa» que es una lastimosa pérdida de tiempo para todos. Piense en el rendimiento que podría sacársele a eso si las tales horas fueran dedicadas a refuerzo de aquellas materias que conllevan mayor dificultad. Y, en todo caso, esto no es lo esencial. Lo importante es que el llamado sistema educativo español no sea el furgón de cola de la Unión Europea según atestiguan los informes. Lo importante es primar y fomentar el conocimiento, no la demagogia.

Verá, señor Riopedre, hay algo en usted que me inquieta lo indecible como personaje público que es. ¿En qué lugar de usted mismo, (metafóricamente, se entiende) cobija la sotana del fraile que fue, así como la hoz y el martillo del militante comunista que también fue y, por último, la pizarra que en algún tiempo utilizó? Y me pregunto también si estos objetos zarandean su conciencia, ahora que es un epítome de lo políticamente correcto. Ahora que no está dispuesto a asumir la realidad en términos machadianos. Es decir, a afrontar de verdad «lo que pasa en las aulas».


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