Teoría de las cinco violencias0

Lectures (678) 20/12/2006, 09:20  |  Diario-Jaén.-Juan-Pedro-Rodríguez  |  Etiquetes: #Violència escolar, #Salut laboral,

Parece ser que hasta a los gobernantes, en la reclusión de sus despachos, ha llegado ya el atronador eufemismo de la violencia escolar y se aprestan a buscarle otra nueva solución a la podredumbre que reina hoy dentro y fuera de las aulas. Pero, tal vez, por confundir ese ruido con el de las urnas, no se les pasará por la cabeza que la vergonzosa realidad educativa, que pretenden re-remendar, esconde ya muchos tipos de violencia en las aulas, demasiados como para que te venga ahora un juez y, enchironando a un alumno o a un padre (o a un profesor mañana), se solucione de un cerrojazo el problemón que tienen en el IES de al lado del juzgado.

De todos es sabido (pero no de todos ni de todas reconocido) que lo que, a partir de ahora, tratará el Ministerio de Justicia, o de Interior, lo inició el de Educación el aciago día en que, persiguiendo el noble fin de repartir el bienestar educativo existente entonces entre un mayor número de alumnos (pero con el mismo profesorado), el político de turno forzó a sentarse unos añitos más en la banca de un pupitre a quien tenía ya más que odiado al dichoso mueblecito, o a quien ni lo conocía, o a quien veía en él sólo la madera de que estaba fabricada.

Semejante violencia (la primera), ejercida sobre adolescentes que no querían estudiar, produjo, en la práctica totalidad de ellos, una reacción violenta consistente en coger la sartén por el mango y sembrar la ley de la calle en recinto tan receptivo, con el consiguiente acobardamiento de los demás integrantes del mundo del aula (violencia segunda).

La reacción sí se hizo esperar por lo inaudito de la situación: Quienes no desertaron de la tiza o cayeron enfermos ante tal desbarajuste plantaron cara a la molesta avispa y, dando manotazos desatinados en el aire (tercer tipo de violencia), consiguieron únicamente distraer a la chiquillería de sus estudios y encorajinar aún más a quien, medio absentista, medio expulsado, acaparaba para sí el céntuplo del tiempo disponible y la totalidad de los objetivos del currículo. La venganza estaba servida en forma de cuarta violencia: El empecinado profesor enemigo de jolgorios, espectáculos, indecencias, malabarismos curriculares y suspensos regalados, el que no había comprado ni aceptaba billete para ese circo, tenía que ser apartado de la feria y, de ello, ya se irían encargando unos en el recinto educativo o a la salida; otros, en los múltiples despachos creados o reconvertidos a tal fin, y su suma democrática, en el engendro conocido como Consejo Escolar.

Tamaña aberración educativa (tal vez, meramente, humana), sufrida a la par por ejemplares y mancillados trabajadores en su puesto de trabajo y por inocentes criaturas abandonadas a su suerte educativa, clamaba al cielo. El Estado hubo de hacer entonces, pero ayer mismito, otro alarde y tomar en consideración la condición de funcionarios de unos y la de víctimas de otros para ver si así, en una especie de quinta violencia judicial, se lograba subsanar, no ya el estropicio causado en el bosque de pupitres, sino, al menos, la integridad física de sus moradores. Cualquiera que haya visto cómo su cabello iba confundiéndose día a día con el color de la tiza sabe a ciencia cierta que la quinta violencia es en todo semejante a la primera y que, puestos a sentar obligatoriamente a alguien, lo mismo da hacerlo en una banca que en un banquillo.

Por ello, barrunta que tal despropósito, por el mero desconocimiento de la realidad de las aulas que demuestra, será el triste origen de otra serie de cinco nuevas barbaridades.


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