Farsa y licencia de la carrera docente en Secundaria0

Lectures (515) 11/06/2007, 08:22  |  La Nueva España. LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES/Asturias

Apertura vespertina de los centros a la comunidad. El colectivo docente, haciendo de ama de llaves. No hay destino mejor para el dinero público que aquel que va dirigido a las infraestructuras necesarias para que se pueda chatear desde los ordenadores de los centros escolares durante las tardes. El manojo de llaves como instrumental pedagógico de primer orden. ¡Toma ya!

A esta ley de carrera docente, todavía no explicitada, hay que llamarla «la del manojo de llaves». No cerramos, nuestra vocación no sabe de horarios ni de otras menudencias. El contacto con las aldabillas nos libera las aduanas para ir más allá en nuestro trabajo. ¡Qué metáfora más grandiosa, Dios mío!

¡Tantas vacaciones y tanto tiempo libre! ¡Se acabó, oiga! Docentes matutinos. Amas de llaves vespertinas. Vigilantes en puertas y patios, cuando no telefonistas o administrativos. ¡A trabajar se ha dicho! ¡A la orden! ¿O acaso nos creíamos, en nuestra ingenuidad, que lo importante era impartir clase, transmitir conocimientos, despertar inquietudes? ¡Anda ya! Venid y vamos todos con llaves vespertinas. Venid y vamos todos a las hornacinas de los santorales en valores. Venid y vamos todos a los altares de la ciencia infusa. Nada de esfuerzo, nada de exigencia. Venid y vamos todos a la reconversión en marcha. Nuestro ámbito no es la docencia, sino la guardería. ¡Bendito sea por siempre y alabado! Que alguien nos escriba ya la letra y la música de la opereta que tenga por título «La del manojo de llaves» ¡Qué tierno, qué pedagógico, qué maravilla!

Meritocracia sobre la base de firmar cheques en blanco. ¡Nada de investigación! ¡Nada de estudio! «Aquí, las destrezas. Aquí, las habilidades. Le atiende a usted el contestador automático de un centro de Secundaria».

Carrera docente y meritocracia académica. Nos evaluarán, según se colige, por esa apertura de centros y por nuestra docilidad a lo que la Administración dictamine. Hasta el momento, a la hora de certificar nuestra formación permanente, una de las cosas que más contaban eran los llamados cursos formativos del CEP de turno, paradigma de la meritocracia en la que vivimos. Si se aportaba documentación sobre cursos impartidos por cualquier Universidad, alguien tenía y tiene que dictaminar si esas enseñanzas recibidas eran y son las apropiadas para nuestra formación y trabajo. O sea, el alma máter no garantiza nuestra cualificación. No hay nada como el CEP más próximo, con independencia de cualquier otro «considerando».

¿No vale ya de tanta pantomima? ¿Contarán para la carrera docente la investigación, las publicaciones en revistas y editoriales con un mínimo de prestigio, el doctorado, la ampliación de la formación académica con otras carreras, etcétera?

Miren ustedes: se nos promete en la mentada ley un dinero extra que supuestamente nos equipararía a los emolumentos que perciben en otras CC AA las gentes de la tiza. (Entre paréntesis: lo de la igualdad ante la ley que establece la pluscuamperfecta Constitución monárquica que disfrutamos es un sarcasmo) Para ello, hay que firmar una especie de cheque en blanco en la medida en que no se sabe qué contrapartidas nos tiene preparadas a cambio de ello la Administración. Ésta y no otra es la percepción que bulle. De ahí la protesta masiva que hubo en Oviedo el 7 de junio y de la que se hace eco LA NUEVA ESPAÑA.

En otro orden de cosas, además de esta ópera bufa, se encuentra también el papel que en la presente historia están teniendo los sindicatos.

Desertores de la tiza. UGT no se manifiesta en contra. Por lo visto, hay otro sindicato que tiene contradicciones internas al respecto. Por fortuna, los hay que mantienen una postura beligerante ante ello. Aun así, algunos sindicatos consiguen demostrar que la desfachatez puede ser infinita.

Miren ustedes: antes de tomar una postura, favorable o contraria a este plan que nos propone la Administración, no hubiera estado de más que se hubieran dado una vuelta por los centros preguntándonos nuestro parecer. ¿O es que la opinión que podamos tener no cuenta en absoluto para ustedes? Los hechos así parecen confirmarlo.

Pregunta directa donde las hubiere. ¿Es necesario, en primer lugar, que haya liberados en nuestra profesión? ¿No sería preferible seguir impartiendo clases, incluso con reducción horaria, pero sin perder el contacto con el oficio? ¿No sería deseable, en todo caso, una limitación en el tiempo de tal manera que no se acumulen años y años sin contacto con la tiza? ¿Les parece de recibo a nuestros liberados visitar los centros en vísperas electorales y también en vísperas navideñas con la consuetudinaria venta de lotería? Prometo que no bromeo en lo más mínimo.

Permítaseme contar una experiencia muy reciente. Acaba de visitar mi instituto una representante sindical abogando por la aceptación de la referida carrera docente. Cuando me llamó «compañero», sentí un sarpullido. No sólo no compartimos el pan, puestos a ser literales; es que entre nosotros serían imposibles los vasos comunicantes.

Y una última pregunta dirigida a nuestros representantes ante Dios y ante la historia: ¿Con qué criterios van a ser «evaluados» quienes no imparten clase y hacen su labor en los despachos sindicales? ¿Abrirán también ellos sus puertas y ordenadores a la comunidad discente en horario vespertino?

¡Ay, ay, ay!


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