Autoridad y educación0

Lectures (467) 18/09/2007, 08:40  |  Extremadura al día. Julio Manuel Martínez Pacheco.  |  Etiquetes: #Violència escolar,

Pocos adolescentes salen a la juventud sin haberse pegado con un compañero de clase, haber dado un bofetón, o haberlo recibido. Sin ser un comportamiento aceptable es en cierto modo comprensible por la edad y el periodo generacional que afrontan; unos años llenos de dudas, miedos e inquietudes por definir. Sin embargo, en un entorno exento de traumas sociales o tragedias que estimulen ese comportamiento, encontramos que las expresiones de la violencia y la agresividad juvenil van en aumento.

El pasado curso escolar terminó con un número no desdeñable de agresiones a alumnos, principalmente de tinte discriminatorio y xenófobo, acabando algunas de ellas en trágicos suicidios, y la mayor de las veces en traumáticos traslados de centro, donde es la víctima la que padece las consecuencias de su agresión por segunda vez.

El maltrato entre compañeros suele ir hacia "el diferente", al amanerado, al gordo, al débil, al más torpe,... por desgracia cualquier escusa es motivo de exclusión del "grupo". Este comportamiento demuestra la debilidad del temperamento adolescente que necesita de la imposición del miedo que él mismo padece sobre otro individuo. A la vez, cada exclusión es una empalizada que fortalece más la identidad del grupo dominante en la clase o el instituto.

La degeneración de este comportamiento deriva en la agresión física y el maltrato psicológico, una transferencia al contrario débil de los propios terrores. Ejemplo de esto es que los chavales que más recurren a la violencia, y que con más asiduidad discriminan y atacan a sus compañeros, son los que más problemas, debilidades, miedos o agresividad sufren. Por desgracia el entorno estimula estas actitudes llevándolas en algunos casos a comportamientos patológicos. La violencia, el culto a la fuerza, el desdeño por las normas y la autoridad o la simple permisividad social hacia comportamientos antisociales, es la brecha por la que se cuelan estas actitudes y pasan de incidentes en la adolescencia (algunos muy graves) a problemas sin resolver en la juventud y con difícil respuesta.

Hoy hemos perdido la barrera de la responsabilidad que separa a niños de mayores, esa diferenciación es la clave de un desarrollo educativo, de unos valores y de unas normas sociales que vamos perdiendo a una velocidad peligrosa. La expresión del compromiso juvenil es cada vez menor, y su responsabilidad y valores decaen por la misma pendiente por la que suben las tasas de alcoholismo, los accidentes de tráfico por imprudencia, la delincuencia juvenil, el fenómeno de las bandas o el consumo de drogas. Indudablemente el patrón común no es un aglomerado de todo lo negativo expuesto con anterioridad, pero si un resumen en el que suelen estar presentes en alguna medida todos los factores, y que la permisividad social no depura en la etapa formativa del joven.

Los factores que inciden y motivan esta situación van desde la escasa y pobre formación de los jóvenes (problema de planes educativos ineficaces), falta de patrones sociales correctos (es tópico decirlo, pero las tasas de audiencia de los documentales de la 2 y "el tomate" y las telenovelas hablan por sí mismos) y la permisividad social, que da por buenos o asumibles comportamientos negativos y algunos incluso punibles.

La respuesta ha de estar donde esté el chaval, y sus entornos por excelencia son tres, el colegio o instituto, la televisión y las zonas de botellón. Es imprescindible erradicar la permisividad social respecto al uso del coche o la moto, en el consumo de alcohol y de drogas, hay que dotar y devolver la autoridad a los profesores, el primer patrón y representante de la autoridad que tienen los chavales, y sin duda acometer planes y medidas cívicas que eduquen a los chavales que cometan actos contrarios al orden elemental de convivencia, el vandalismo en todas sus expresiones, pintadas, rotura de mobiliario urbano, violación de la propiedad ajena, a faltas como el pequeño hurto, o las agresiones más mínimas entre ellos.

Quizá un profesor con más autoridad no solo inspirará la necesidad de un comportamiento responsable a los chavales, sino que hará las clases más productivas para su educación, pero para conseguirlo debemos derribar el terrible monstruo engendrado por la progresía de los 80 del "prohibido prohibir" que tan bien introdujo doña Carmen Alborch en la enseñanza española. La figura de la autoridad no es ninguna representación del fascismo o el autoritarismo, y ni mucho menos tiene relación con la violencia. Es innegable que cualquier actitud violenta en el aula solo sirve de perjuicio al alumno, pero sin duda existen infinitas fórmulas para despertar la responsabilidad del alumno con mal comportamiento, falta de trabajo o desinterés por la materia. El típico castigo en la biblioteca, copiar la lección, o trabajos de castigo, son respuestas lógicas para aquel alumno que demuestra falta de interés o un comportamiento irresponsable. El obligar a ayudar en la limpieza del aula a los que la traten con descuido, castigar con ayudar al jardinero del centro a aquel que dañe los árboles y plantas del mismo, o tener que pintar o limpiar la pared ensuciada por un grafiti o un dibujo, son comportamientos que sin duda harán a los chavales conscientes de las consecuencias de sus actos, y sumado a una educación que incida en los valores cívicos y sociales hará que su educación sea completa.

El agente principal de todo ha de ser el profesor o tutor, que ha de combinar la respuesta práctica a chavales que falten a los valores de la comunidad, como una explicación continuada y amplia de los mismos. El alumno ha de ser consciente de que forma parte de una comunidad con normas, ha de conocer esas mismas normas y ha de adquirir la responsabilidad para su cumplimiento.

Con los años y la formación, esa estructura asimilada en la comunidad educativa la tomará como propia en la comunidad social en la que vivirá, y entonces el joven que asimiló la responsabilidad del comportamiento correcto, tendrá más fácil desenvolverse con honradez y civismo en la sociedad. Y es que a mi modo de ver es mejor tener que recoger hojas del jardín del patio una tarde o limpiar la pared pintada con rotulador, que tener que pagar una buena multa a Hacienda por impago de impuestos o terminar detenido por quemar papeleras.


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