El profesor desalumnado0

Lectures (463) 12/11/2007, 00:55  | 

Sr. Presidente de SPS:

Como bien conocen sus asociados, la publicación por entregas y en internet de mi novela El paripé o los desertor@s de la tiza durante el tercer trimestre del pasado curso académico levantó ampollas que, tras los rigores del verano y los primeros días del presente curso, han supurado en un expediente abierto a la novela (fechado el 17 de Septiembre) y una suspensión provisional de funciones para su autor (fechada el 27 de Septiembre).

Al día de hoy, cuando ha transcurrido poco más de un mes desde que, por última vez, hurgué en mi casillero, o transité entre pupitres, o me reuní con compañeros, o pasé una lista, o aparqué en la puerta de mi IES, me han ocurrido como profesor cosas que creo pueden ser del interés de sus asociados.Y no me refiero, como supondrá, a que el libre horario que yo mismo me he asignado (haciendo caso omiso de la Orden de 9-9-97) me ha permitido redactar en tiempo récord el capítulo 20.El cartel de la novela, o a que la tarea que llevamos a medias entre el instructor del expediente y yo apenas me ha ocupado en un mes una hora escasa -como ya le referí en El profesor expulsado-, o a que mi nómina de Octubre presenta un número prácticamente idéntico a su predecesora de Septiembre, o a que el juez que me lleva el contencioso haya tenido que hacer un segundo requerimiento a la Consejería para que mis jefes me den ya de una vez la documentación que les pido para denunciarlos por lo penal. Me refiero a mis alumnos.

Puede usted dar por seguro sin que tenga que jurárselo que las únicas dos lágrimas que han soltado mis ojos en la situación profesional tan rocambolesca que mi profesión me ha deparado este curso me las han arrancado mis alumnos: la primera, cuando en la soledad de la noche del último día en que estuve en una clase me vino a la cabeza la inédita idea de que al lunes siguiente no volvería a ver a ninguno de ellos; y, la segunda, cuando recibí un email diciéndome que tenían ya ganas de que volviera y añadían que les confirmara que lo había recibido pues tenían cosas importantes que contarme. Pero tampoco me refiero a esto exactamente, porque comprendo que es más vital que profesional tomarle apego a la gente y que, como ocurre en mi caso, cualquier persona profesora auténtica no tendría más remedio que rendirse ante zagales como esa diablura de alumna que con tanto respeto me pedía que si podíamos encender, si hacían rápido los ejercicios, los ordenadores un ratillo para ver si le habían quitado ya la censura al “donjuampedrino.com”. No. No es a esto a lo que me refiero.

Me refiero a que en la obra que están haciendo bastante cerca de mi casa, al lado de donde tomo el café mañanero cuando me noto que el cuerpo me pide recreo, trabaja un muchacho, al que miro de soslayo al pasar junto a la zanja pero él no me reconoce, tan sucio de cuerpo como de boca, que hila cigarros y tacos en sucesión infinita, que insulta a su paso a las muchachas y a las viejas, que se mea en la esquina y asusta a quien se lo reprocha,… y al que oí durante los últimos cuatro años en las aulas de al lado pero al que, por un azar del destino, no tuve nunca dentro de mis clases. Y, como en mi mente se me rejuntan ahora por las mañanas tanto sus compañeros como él, no puedo dejar de pensar cada recreo, mientras lo observo por encima de la taza, que tal vez en un solo curso con él a mi lado habría podido amoldarlo a mi rebaño, hacerle que bebiera en mi abrevadero y enderezarle su vida por un camino que no fuera el de la zafiedad y el de la mano de obra barata. Pero ni el destino lo quiso ni el redil era mío.

Permítame decirle, señor Presidente, que, como dure mucho la obra (o como tarde mucho el instructor en rellenar sus papeles) voy a tener que soltar cualquier mañana, a la hora del recreo, una tercera lágrima por un alumno, pero, esta vez, de rabia.

Atte.

Jaén, 9 de noviembre de 2007

Juan Pedro Rodríguez www.juampedrino.com


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