Sindicatos contra maestros0

Lectures (1157) 23/01/2008, 10:22  |  La Vanguardia. Salvador Cardús i Ros

Resulta una cruel paradoja que un sistema escolar que debería ser ejemplo de la máxima racionalidad y reflexión crítica viva tan atrapado en prejuicios ideológicos que le impiden comprender la sociedad a la que debe servir. Los grandes principios que posiblemente eran adecuados para la Catalunya de los años setenta, a caballo del último franquismo y de las ingenuidades de la transición a la democracia, se han convertido en un pesado lastre para actuar con eficacia ante los retos de los nuevos tiempos. No es cierto, como se dice, que los cambios permanentes hayan sido el problema: lo es que las distintas normas nunca hayan modificado lo que sería fundamental que cambiara y que sigue ahí, intocable: esos antiguos principios convertidos hoy en prejuicios que se mantienen contra toda evidencia.

Pero no son sólo las antiguas ideologías lo que frena los buenos propósitos, sino los tópicos probadamente falsos. Por ejemplo, que la calidad de la escuela se garantiza con más presupuestos, o con menos alumnos en el aula, o discutiendo cuantas horas debe darse de cada materia, o creyendo que el debate principal está entre si escuela pública o privada. El reciente informe McKinsey, Cómo los mejores sistemas escolares del mundo han conseguido llegar arriba,prueba que los tres pilares fundamentales para conseguir una buena escuela son la calidad de sus maestros, su posterior desarrollo profesional y la capacidad del sistema para detectar de manera precoz a los alumnos con dificultades y atenderlos desde el primer momento. Pero el análisis racional y científico del informe McKinsey parte de la observación crítica de la realidad y no de los prejuicios desde los que por aquí juzgamos, ya sea para condenarlo o salvarlo, nuestro sistema educativo.

Un ejemplo vivísimo de hasta qué punto ciertos principios supuestamente progresistas se han convertido en un freno al cambio lo tenemos en la reacción que ha merecido la razonable propuesta del Departament d´Educació para probar otro modelo de incorporación para los alumnos recién llegados de países con lenguas y sistemas escolares muy distintos a los nuestros. Educació simplemente ha sugerido una prueba en dos ciudades especialmente afectadas por el impacto de la matrícula viva - incorporación permanente de alumnos a lo largo del curso- y que, como cualquier maestro o maestra saben, altera gravemente el funcionamiento regular del aula. Lo que se intenta es solucionar un serio problema aplicando una fórmula eficaz usada en otros países. No se trata de crear aulas segregadas, sino todo lo contrario: se parte del reconocimiento de la realidad segregada en la que objetivamente se encuentran los niños y niñas acabados de llegar y sin capacidad para entender lo que ocurre en las aulas en las que ahora son matriculados. No es camuflando la realidad y cargando el peso del problema sobre las espaldas de los maestros y del resto de los alumnos que se evita la segregación. Es el sistema actual lo que a menudo segrega al recién llegado, creando rechazo en los padres y, en consecuencia, xenofobia. Pero, como cabía esperar, ya han saltado al unísono todo ese mundo que vive de principios intocables con los que, incapaces de resolver los problemas, se felicitan de saber disimularlos.

Son también los prejuicios ideológicos los que explican la precipitada reacción de los sindicatos de la enseñanza al convocar una huelga para el 14 de febrero para protestar por las líneas básicas de la nueva ley de Educación que el departamento ha dado a conocer. Los propios sindicatos han afirmado que se trata de una huelga ideológica y no reivindicativa. Y, en parte, es cierto: es la defensa de esa ideología que lleva años impidiendo que el sistema educativo sea capaz de leer la realidad objetiva y de ofrecer soluciones. Según la lógica de estos sindicatos, la ideología les basta para indicar con nitidez cómo deben ser las cosas - los métodos pedagógicos, los presupuestos educativos, los niños y las niñas, la sociedad en general-, y si la realidad - y los resultados- los contradice, pues peor para la realidad.

Detrás de la defensa férrea de esa ideología - ahora poco más que un montón de prejuicios oxidados- también está la defensa corporativa de ciertas rutinas profesionales que han dejado de ser privilegios para convertirse en verdaderas celdas en las que se sienten apresados tantos maestros y maestras. Por esa razón, me atrevo a pronosticar un gran fracaso de la movilización convocada por los sindicatos. Los sindicatos de maestros no sólo tendrán en contra a las familias y al conjunto de los medios de comunicación, todos ellos muy sensibles a la vista de algunos datos que evalúan el sistema educativo catalán, sino que se las verán con los propios maestros y maestras. Dudo mucho que el conjunto de enseñantes se deje llevar por una ideología que cada mañana les pone de cara a la pared. Que se dejen guiar por unos principios que no les ayudan a resolver los conflictos, sino que les crean más dificultades. Es inimaginable que a estas alturas los maestros y maestras no quieran abrirse a la racionalidad y la flexibilidad que exigen los nuevos tiempos y para los que prepara la nueva ley de Educación. La paciencia de maestros y maestras se acaba. Ya la están acabando con la rigidez burocrática de una administración hasta ahora incapaz de transmitir criterios básicos, y ahora la acabarán con la rancia testarudez ideológica de sus sindicatos.

salvador. cardus@ uab. cat


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