¡Harto de Finlandia!0

Lectures (485) 25/02/2008, 09:27  |  La Vanguardia. Gregorio Luri, Filòsof i pedagog

Ultimamente está de moda hablar maravillas del sistema educativo finlandés. No del flamenco o del coreano, que en modo alguno le van a la zaga, sino del finlandés. Ello no es debido al hecho, que parece evidente, de que los finlandeses han conseguido crear un magnífico sistema educativo para Finlandia, sino a la sospecha de que puedan haber descubierto el mejor sistema educativo para Catalunya.

Posiblemente, los finlandeses son la caraba, pero, lamentándolo mucho, nosotros no somos finlandeses. Si lo fuéramos, nuestros maestros serían como los finlandeses. Y lo más sorprendente es que también las familias, y los niños, y los conserjes y las administraciones y hasta nuestra historia sería como la finlandesa. Es una pena que no sea así.

Como en el poema de Brecht, debiéramos disolvernos a nosotros mismos, por ser tan impertinentemente mediterráneos, y adoptar no sólo el sistema educativo finlandés, sino lo finlandés, al completo, como propio.

Pero me temo que vamos a seguir siendo como somos. O poco más o menos.

El sistema educativo tiene, básicamente, la función de favorecer el tránsito no traumático del niño desde el ámbito acogedor de la familia (en la que se le valora por ser quien es) al más intempestivo de la sociedad (en la que se le valorará por lo que sabe hacer).

Es decir, tiene la función de otorgar valor añadido al hecho de ser niño gracias a la transmisión de los conocimientos y valores socialmente más valiosos. Y, como lo que tiene valor es lo que se aprecia, lo más valioso es lo más apreciado.

Por tanto, para que la transmisión de los conocimientos tenga un sentido, lo primero y principal es que haya en la sociedad algo que unánimemente se considere digno de ser transmitido, de manera que su núcleo esté formado por una serie de convicciones firmemente asentadas y preservadas de la erosión del continuo debate público.

Uno de estos valores en la sociedad finlandesa es la fe en la escuela y en sus maestros, acompañada de la concepción, tan protestante, de que la educación es un deber para toda persona que se respete a sí misma. Así pues, si tenemos que copiar a los finlandeses, no nos olvidemos de importar sus convicciones.

Es cierto que el vicio de convertir la experiencia ajena en norma propia forma parte de nuestra experiencia histórica, algo que, sin embargo, y por sobrada experiencia, debiéramos superar. Si se trata de aprender de la experiencia propia, concedamos la palabra a nuestros profesionales excelentes, que los hay.

El síndrome de Finlandia, lejos de ser una solución, es el nombre de nuestra enfermedad.


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