¿Por qué me callan?0

Lectures (1100) 03/03/2008, 09:47  |  Juan Pedro Rodríguez  |  Etiquetes: #Mobbing, #LOGSE,

Desde noviembre de 2002 llevo viviendo en mi IES (el Torre Olvidada, de Torredelcampo, Jaén) un acoso laboral en toda regla por ser yo de esos profesores que no han comulgado nunca ni con la rueda de molino que ha venido a significar la implantación de la Logse ni con las maneras de implantarla. Por dos veces (en 2005 y 2006) denuncié pormenorizadamente a la Delegación de Educación y Ciencia tanto ese acoso de directiva, Consejo Escolar y AMPA como la inhibición de los dos inspectores involucrados. Ambas denuncias encontraron el amparo de los silencios administrativos correspondientes y, como no era de suponer, azuzaron nuevas formas de acoso posteriores, las cuales se prodigaron con mayor sutileza a sabiendas de que iban a recorrer el mismo camino hacia el limbo de lo prescrito.

Yo no caía, sin embargo. Ni me hundía. Ni siquiera me pastilleaba pues (como sólo varios miles de españoles me comprenderán) hubo en ese acoso un precioso momento en que dejé de echarme las culpas a mí mismo ya que la casualidad de la vida permitió que, en el transcurso de un infame interrogatorio, el propio conserje nos descubriera inocentemente a mí y al primer inspector cuál era la fuente concreta que manaba tanta mentirijilla. Pese a la contundente prueba, yo hube de seguir batallando claustros y asistía a reuniones y ponía notas y solicitaba documentos y rellenaba el concurso de traslados... pero mi horario de más antiguo en el Cuerpo era de risa, mis alumnos eran los repetidores, mis grupos eran los Refuerzos y mi plaza tenía que seguir siendo forzosamente aquel IES, en el que tanto toro suelto había por doquier y donde muchas veces no encontraba la puerta que me permitiera reposar un rato tras el burladero.

Ni siquiera en el mundo de la abogacía encontré ayuda pues a quienes consulté me decían, previo pago, que esto del mobbing era muy difícil de ganar, que los contenciosos no llegaban nunca a nada, que los jueces de lo penal sólo aceptaban euros completos (nunca céntimos de euro, aunque el montante sobrepasase ya varios billetes),... Ni siquiera en el cuartel de al lado del IES se tomaron en cuenta mis denuncias... Ni siquiera la jueza que un día me atendió amablemente en su despacho cambió mis ánimos cuando me despedí de ella... Por no encontrar ayuda, ni siquiera en el mundo de los sindicatos me topé por entonces con el único que podía contenerme a mí como trabajador de la enseñanza.

El insulto que recibí el día 30 de junio de 2006 de boca de la directora Dª. Araceli Peña Aranda instantes después de terminar otro de los bochornosos claustros que en ese IES se celebran, me hizo jurarme a mí mismo que ese insulto, aunque sólo fuera ese, no quedaría impune. Con juez o sin juez. Ese insulto, más que el hartazgo del acoso, fue lo que me decidió y, con el nivel de consciencia que se suele tener en estos casos, me arrimé al mismo límite que separa la decencia de lo legal, ese que roza por milímetros el margen de la ley.

El móvil era de escándalo; el arma, sutil, pero de juego. En efecto, aprovechando que tengo una página web en la que cuelgo todas mis cosillas como profesor y como persona, pude permitirme colgar el asunto en la Red pero, en vez de las denuncias (cuyos originales seguían durmiendo en un cajón de la Delegación de Educación y Ciencia), preferí sacar de mi cajón literario la inconclusa novela en que había vertido esos años de sufrida y silenciada búsqueda de la justicia entremezclados con mi afición a la caza y cría de la perdiz. Le puse el título de El paripé o los desertor@s de la tiza, coloqué a mi pájaro “Gumersindo” de cartelera y la fui publicando gratis, por entregas escalonadas y durante todos los jueves de todo el último trimestre del curso 06-07; la web sobrepasó desde muy pronto el centenar de visitas diario.

Esa mi tercer novela (a la que bauticé con el subgénero de antiimpunes) se amolda, como sólo lo haría un guante, a la realidad que pretende contener y prueba de ello es, por ejemplo, que su último capítulo publicado (como harán los venideros hasta que le llegue el “FIN”) reproduce aún mejor que una acta los avatares que provocó su publicación. Pero una novela es una novela lo diga quien lo diga y una novela como esta ni debía correr el riesgo de que se tomara su argumento tan a guasa como habían hecho con las denuncias ni podía tampoco correr el peligro de que los posibles aludidos se tomaran demasiado en serio la cosa y se pusieran a romper la baraja por no ser ya de su agrado el rumbo que había tomado el juego. Por ello, los cosidos, remiendos, costuras y ornamentos que hubieron de serle añadidos al guante (nunca a la enguantada realidad) para alejarla del mero informe administrativo y darle consistencia literaria hubieron de tomar la precaución de amoldarse a los cinco dedos de tal modo que ni se reventara el guante por ser la mano demasiado gorda ni se dañara la uña recién pintada de quien pretendiera calzarse la prenda.

Hasta la séptima entrega, la publicación de El paripé siguió su curso “normal”, pero con la aparición del capítulo 16 reventaron las costuras del dedo más cercano al corazón y toda la maquinaria administrativa se rebulló en el exterior y el empecinado silencio administrativo se trocó en gritos estridentes: la silueta de mi “Gumersindo” empezó a ser tiroteada, rajada a mis espaldas y tirada a la papelera de la sala de profesores incluso después de que lograra la foto de quien lo hacía; el 28 de mayo me dirigía la directora 9 insultos en retahíla en documento oficial dirigido a mi nombre y a mis apellidos; el 6 de junio se me hizo de noche en el IES oyendo, en el claustro encerrona convocado, repetidos y nuevos insultos de la directiva y de los consejeros; el 7 de junio tuvimos un recreo no convocado de una hora oyendo arengas de inspector para firmar un manifiesto contra la novela; el 15 de junio se detectaba en el Centro la censura previa de toda la página web nodriza; iniciadas las vacaciones me llamaron diciéndome que tenía que aceptar los 6 Refuerzos que me iban a asignar este curso; el 14 de Septiembre me los endiñaron con la complicidad de mis 4 compañeras de Lengua (tres de ellas en el Consejo Escolar) y sin la preceptiva reunión legal; el 25 de septiembre los dos agentes del 062 que llamé en mi ayuda no se atrevieron a desbloquearme mi web nodriza en el Centro; el 28 del mismo mes se me comunicaba apertura de expediente y suspensión provisional de funciones; el 8 de octubre, en fin, novela y autor eran denunciados a los tribunales por dos de los que se empeñaban en darse por aludidos de entre el medio centenar de personajes incluidos hasta ese día en la novela: tuvieron que ser la directora y el jefe de Estudios, aunque no los consejeros, ni el presidente de la AMPA, ni algún inspector, ni la Delegada de Educación, ni cualquiera de mis otros compañeros de ese IES o de otros IES, ni cazadores, ni alumnos, ni padres, ...

Tal vez debido a la lentitud judicial, aún dio tiempo a la novela de serle añadido el sexto dedo que la enguantada realidad había malformado y el 22 de octubre salió a la luz un nuevo capítulo. Pero la uña que descosió el índice acabó convirtiéndose en garra y ha conseguido que la novela fuera censurada y prohibida el pasado 5 de diciembre, día en que novela y autor, por tercera vez ya, iniciaron un nuevo y tedioso periodo de silencio administrativo, ahora judicial, pues van ya casi tres meses sin que haya sido resuelto el recurso de apelación que se presentó contra la censura de la novela.

¿Qué sapo contendrá entonces esa novela que no puede ser digerido ni por la administración educativa ni por la judicial pese a que yo me lo he tenido que tragar entero? ¿Acaso es que la perdiz coprotagonista de la novela, harta de ser mareada, se ha tomado la justicia por su mano y eso puede crear precedente? ¿Acaso ha entrado en litigio el artículo 20 de la Constitución con el 18? ¿No habrá sido el 18 con el 20? Y si no es así, ¿por qué me callan, Majestad?

Jaén, 24 de Febrero de 2008

Juan Pedro Rodríguez
www.juampedrino.com


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