Teoría de la tiza indignada0

Lectures (535) 25/03/2008, 09:21  |  Juan Pedro Rodríguez

El profesor ve desconsolado cómo los veinte alumnos, obedeciendo de modo automático la llamada de un timbre pero sin obedecer a sus llamadas de espera o de orden, desaparecen en pocos segundos y en tropel camino del recreo. Como no tiene interés en lo que sabe que va a ocurrir a partir de estos momentos en la sala de profesores, prefiere atrancar la puerta por dentro y quedarse en el aula, sentado, además de que el particular desencanto que siente hoy le ha quitado hasta las ganas del café reparador. Se queda mirando a la puerta cerrada y, en el repentino silencio tragado por el patio, su mente traspone obsesivamente y una vez más en busca de la causa última que haya podido desencadenar su ya constatable e irremediable pérdida de autoridad en el aula, pérdida a la que toma como causa primerísima del raro ambiente en que ve pudrirse actualmente la educación y la enseñanza en España.

Como quien tiene la peregrina creencia de que adivinando la causa última de las cosas tal vez se pueda hallar la solución primera, el profesor se descubre por enésima vez escudriñando y volviendo a calibrar en qué momento o punto concreto de su dilatada carrera profesional pudo haberse producido, tanto en él como en sus compañeros, el bautismo de la indignidad, y con qué sutileza se lo habrían hecho tragar como para que le tuviera que llegar hoy el tan terrible día que está viviendo sin poder apartar de su mente el claustro convocado para esta tarde. Con la mirada todavía perdida en la cerrada puerta, llega el profesor a ensimismarse pensando que, tal vez, aunque sólo fuera por un azar del destino, todo el desbarajuste que ve ya en su trabajo y en su vida tuvo su pérfido origen aquel aciago día, martes de Carnaval precisamente, en que –por indicación expresa del Orientador- hubo de dejar entrar tarde en su aula a un alumno, Martínez Jiménez se llamaba, que ni tocaba en las puertas, ni pedía permiso para entrar, ni las cerraba tras de sí, comportamiento que nunca hasta ese día había ocurrido ante él sin llevar pareja su correspondiente y severa corrección. A partir de ese imborrable día había podido percibir que la entrada en sus clases se iba deteriorando imperceptiblemente y, de modo tan sutil como imparable, se fue extendiendo la fea costumbre con tal rapidez que, dentro de ese mismo curso, hasta una compañera, y luego todo un jefe de Estudios, osaron entrar varias veces en su clase como Pedro por su casa. Y si no fue aquel día el determinante tuvo que serlo cualquier otro semejante a ese, como aquel en que –como un favor concedido al Tutor- hubo de dejar por imposible lo de los dos macutos estorbando colocados aposta entre los pupitres, o lo de los tres abrigos tirados por el suelo, hechos que desembocaron al poco de no ser castigados en un maremagnum de mochilas y vestimentas que dejaron el aula intransitable, los pupitres casi inutilizables y los percheros totalmente vacíos; o tal vez el origen pudo estar en que –harto de repetir y repetir y repetir que no y que no- hubo un día de pasar por alto que una alumna abriera la ventana y, aprovechando su descuido, se pusiera a chillar a los viandantes; o tal vez fue cuando hubo de no dar la importancia debida a las primeras mesas pintarrajeadas, o a los trozos de tiza por el suelo, o a los papeles rodeando la vacía papelera, o a los dibujitos y procacidades escritos en la pizarra, o a las guarradas escritas en el cartel de la Consejería que pendía en el tablón de anuncios... O tal vez el inicio de todo estuviera en aquel emblemático día en que, tras llevarse unos obreros la tarima, hubo de consentir que su mesa fuera arrinconada y quedaran ella bajo los macutos del pupitre colindante y él y sus espinillas a merced de la zapatilla de enfrente.

El profesor se levanta de su asiento y, en la soledad de la clase vacía, se pasea entre los pupitres procurando no tropezar. No da crédito a sus pensamientos y se rasca los ojos pues no quiere llegar a creer que en estos meros aspectos mobiliarios de puertas, ventanas, pupitres, mesas, suelo, papelera o tarima esté la clave de semejante desbarajuste docente y humano. Tal vez el origen haya que buscarlo, se dice el ofuscado profesor, en el día en que –por consejo expreso del jefe de Estudios- hubo de dejar sin castigo al autor del escupitajo que descubrió al lado de un pupitre vacío, o hubo de abandonar la investigación de quién había dejado por el suelo las cáscaras de una bolsa entera de pipas, o hubo de darse por vencido ante el de la sempiterna piruleta en la boca, hechos que propagaron a la postre el uso de chicles y demás golosinas y hubieron de desembocar en la tardía prohibición de no comer bocadillos durante la clase; o tal vez todo se originó cuando –según quedó bien claro en una reunión del Equipo Educativo- hubo de hacer la vista gorda ante la ya incorregible costumbre de malsentarse, fuese de lado, contra la pared o con un pie en alto, lo que trajo el nuevo hábito de levantarse cada dos por tres y tuvo su colofón en la práctica habitual de que siempre habría ya indefectiblemente un alumno de pie deambulando por la clase; o tal vez todo se originó –por ser imposible de atajar- cuando hubo de hacer caso omiso a los primeros cuchicheos, o hubo de desoír los primeros murmullitos, que fueron poco a poco rompiendo el tan necesario silencio e introdujeron el bullicio y el alboroto tan rápidamente que se llegó prontísimo a las voces y a los insultos entre ambos extremos de la clase, hasta el punto de que, de un curso para otro, pudo ver cómo se trocaba lo de pedir la palabra con la mano levantada o lo de respetar el turno de habla del compañero por un arrogante ordenar silencio a gritos tres alumnos a la vez.

El profesor deja su paseo por el aula vacía y vuelve a sentarse sin dar crédito a que sean estas cuestiones de mera cortesía o compostura o saber estar o urbanidad las causantes del desastre en que se ha convertido su trabajo. Empecinada como está su mente en encontrar algo de luz entre tanta tiniebla, sigue rebuscando en sus recuerdos y cae en la cuenta de la vez aquella en que –por resultarle inconcebible el hecho mismo- no supo reaccionar ante la primera mentira flagrante -y jurada como verdad- que oyó en su propia aula y que le hizo pasar dos noches sin pegar un ojo; o de la otra vez en que no supo responder al primer insulto de cierta gravedad que atronó su oído durante una tarde entera; o del día aquel de marras en que tampoco supo cómo actuar ante el primer acoso que le pareció captar entre los dos alumnos que acabaron peleándose en su presencia al mes siguiente; o del momento aquel en que se vio impotente ante el primer coscorrón en serio que presenció en su clase...; hechos todos ellos, y un sinfín más de la misma índole, que, por no ser sancionados más que por leves partes de amonestación o por envidiadas expulsiones de tres días, fueron convirtiendo el aula en una progresiva y auténtica continuación de los recreos.

El profesor se levanta nuevamente en la vacía aula y se acerca a la ventana y respira hondamente. A estos aspectos de índole moral concede ya cierto tino en su apreciación, aunque todavía sigue su mente descifrando los miles de momentos allí vividos sin saber ya a ciencia cierta qué puedan ser causas o qué puedan ser consecuencias: ya no recuerda bien qué día pudo ser el primero en que captó clarividentemente que no se atendía a su explicación, o qué día dejaron algunos alumnos de traer el material, o en qué momento se negaron a hacer los ejercicios unos, o a salir voluntarios a la pizarra otros, o a prepararse para los exámenes varios, o siquiera poner el nombre en ellos, o copiar al menos las preguntas, o... simplemente hacer chuletas. Lo que sí recuerda como su propio nombre es que –visto que sus quejas en el Departamento o en el Claustro no servían absolutamente para nada- hubo de hacer esfuerzos titánicos y amoldarse como pudo a aguantar el murmullo mientras explicaba, hubo de aprovechar la pizarra al máximo como sustituto de su voz, hubo de bajar el nivel en los exámenes y hubo de subir artificialmente las notas de las evaluaciones por mera cuestión de amor propio.

El profesor mira el reloj y se acerca a la pizarra, donde busca infructuosamente una tiza, hace tiempo sustituida por un rotulador. En estos aspectos académicos apenas ve algún leve atisbo de causa, pues ya todo le parece una enorme consecuencia. Y observa entonces cómo su ensimismada mente se le sale fuera del aula y se lo lleva a la Sala de profesores, a la Sala de visitas, a la Jefatura de Estudios, a la Dirección, a la Delegación, como si allí en el aula no hubiera ya nada más que recordar. Y su mente se aferra entonces al día aquel en que –por imperativo legal- hubo de firmar una acta en la sala de profesores corroborando que un alumno con diez suspensos promocionaba automáticamente de curso; o aquel otro en que –en una reunión de recreo con pastelitos- hubo de aceptar que se realizaran los exámenes de Septiembre en Junio; o cuando hubo de callar en la Sala de visitas ante la madre que le juraba y perjuraba que su hija era incapaz de hacer lo que él decía que hacía en su clase; o el día aquel en que hubo de agachar los ojos cuando fue llamado al orden por la directiva del Centro en el despacho de Dirección para avisarle de que no consentirían más sus modos “autoritarios y dictatoriales” con el alumnado; o cuando hubo de atender en la Jefatura de Estudios a la voz de un inspector que le hizo desear como nunca la jubilación; o cuando hubo de borrarse de un sindicato que ya no reivindicaba ni una leve mejora para los trabajadores de la enseñanza pues todo se quedaba en el alumnado o entre desertores de la tiza; ... hechos todos, más que académicos o lectivos, de cariz claramente institucional y político, en los que acaba el profesor por ver tan revueltas como confundidas las causas con las consecuencias.

El timbrazo de final de recreo coloca la mente del profesor en las 12 menos cuarto. ¡Y, esta tarde, el claustro! ¡Ese aberrante claustro convocado desde antes de la Semana Santa y que tan astutamente está siendo preparado en la sala de profesores ahora mismo durante el recreo! ¡Ese claustro encerrona en el que le van a obligar a votar si acepta o rechaza los 7.000 euros que le ofrecen por reducir con aprobados su particular tasa de fracaso escolar! ¡Quién le iba a decir hace quince años a él -precisamente a él, a quien nunca le han dejado decidir nunca nada en un IES- que su profesión lo iba a colocar ante el tan absurdo e inconcebible dilema de tener que decir con su voto si ya confunde la docencia con la decencia!

Jaén, 23 de Marzo de 2008

Juan Pedro Rodríguez
www.juampedrino.com


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