De la mala educación 0

Lectures (420) 06/11/2008, 09:02  |  La Vanguardia. Oriol Pi de Cabanyes

Una nueva ley de Educación no va a solucionar nada si, más allá de introducir criterios de management privado en los centros públicos y de municipalizar una gestión que fácilmente puede degenerar en cooptación apañada del personal docente, no acomete de raíz lo que ha fracasado más estrepitosamente desde la llamada reforma, que tiene mucho que ver con la indistinción de niveles de niños, púberes y adolescentes y con la condescendencia buenista con la que la teoría pedagógica al uso enfoca programas y normas y evalúa resultados.

Si el principal objetivo de la educación es transmitir conocimientos, lo primero que falla es la atención, el interés del educando - léase Apàtrides, incultes i (de vegades) analfabets,de Patrícia Gabancho-. En psicoanálisis se sabe que toda modificación conductual, por modesta que sea, requiere una previa buena disposición del afectado.

Sin una aceptación tácita de que la ayuda externa nos es necesaria, no hay mejora posible. Y lo que es aplicable a la mejora de los trastornos psicológicos también es aplicable a la educación, que no deja de ser un proceso evolutivo de adquisición de conciencia.

Resulta evidente que para cambiar tienes que querer cambiar. Para aprender tienes que querer aprender. Puede que esta resistencia al cambio hacia un mundo de los mayores que no parece ofrecer muchas garantías de "felicidad" sea una de las más profundas razones del fracaso escolar. Esforzarse durante un aprendizaje, con voluntad va contra el facilismo al uso.

De lo que se trata es de disfrutar, no de aprender a razonar y a ser críticos informados y con criterio.

El desastre viene aquí de una reforma que (teniendo que ocupar a quienes, con buen criterio, hasta los dieciséis años no eran autorizados legalmente a emplearse, cotizando) no prestigió debidamente los estudios profesionales (que, como todos los estudios, ya son un trabajo) y metió en un mismo centro docente a niños de doce años con adolescentes de dieciséis que no siempre quieren progresar adecuadamente.

¿Cómo obligar a mejorar al que no quiere hacerlo? Las escuelas y los institutos están llenos de sujetos pasivos y de revientaclases activos que se resisten a recorrer el largo camino del progreso hacia esta bendita ciudadanía que la sociedad de los adultos les tiene reservada como premio.


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