Violencia en las aulas 0

Lectures (619) 18/11/2008, 09:57  |  La Lengua. Elías/Melilla  |  Etiquetes: #Violència escolar, #Salut laboral,

Quienes seguís habitualmente La Lengua sabéis que no suelo quejarme de mis alumnos. Lo cierto es que más bien los compadezco: estudian en unas circunstancias bastante lamentables, que no son responsabilidad de nadie y de todos.

Unos padres despreocupados, una sociedad que no valora la educación –en todos los amplios sentidos de la palabra–, unos profesores que a menudo no realizan su trabajo con profesionalidad, una administración que trabaja día a día por que los ciudadanos sean cada vez más incultos, un sistema económico que les demuestra que gran parte de lo que aprenden no sirve para nada, y que, de mayores, el triunfador va a ser el empresario despiadado o el jeta que aparezca en la tele diciendo marranadas, y no el que haya demostrado un esfuerzo y una dedicación al trabajo bien hecho. También es en parte culpa de los alumnos, claro. Y no hablo de todos los alumnos, como no hablo de todos los padres ni de todos los profesores ni de toda la sociedad, aunque sí de todos los políticos y de todo el sistema económico.

Pero en fin, ese es el caso: mis alumnos me dan más satisfacciones que disgustos, y eso que la enseñanza no es mi vocación ni mi empleo soñado, a pesar de tener un buen horario, un sueldo bastante decente (al menos en Melilla) y unas vacaciones que parecen salidas de un cuento de fantasía. Jamás he sufrido un ataque violento por parte de ninguno de mis alumnos, y tampoco mi vehículo, ni mi casa, por mucho que cuando me preguntan cuál es aquel o dónde está aquella les respondo con total sinceridad, aun diciéndoles que en realidad no es asunto suyo. Y recuerdo, quizás, un insulto. Pero eso, en cuatro cursos y medio de experiencia, y habiendo trabajado en varios institutos –incluyendo el que peor fama tiene de toda la ciudad, y con los peores alumnos–, es lo mismo que decir nada, a juzgar por lo que oigo de mis colegas. Por otra parte, el 99,5% de los alumnos con los que he tenido algún encontronazo no eran alumnos míos. Pero también suelo llevarme bien con aquellos que no sufren mis clases, suelo hablar con ellos, y ellos me preguntan cosas, y nos caemos bien, o esa impresión tengo. Esa es mi idea de una sociedad, y un instituto de Secundaria es una sociedad. Pero sí, hablando con mis compañeros, me doy cuenta de que soy un afortunado, aunque algunas de las razones no las sé y otras prefiero callarlas.

Otra cosa es que aprendan algo, en lo que pongo todo mi empeño con las herramientas de que dispongo. Pero, en el peor de los casos –y he tenido alumnos de Secundaria que eran casi analfabetos–, me conformo con hacer que les entre curiosidad y con que descubran que el conocimiento no es algo aburrido y carcelario, sino una de las fuentes de satisfacción más baratas y maravillosas que existen.

Sin embargo, no puedo cerrar los ojos ante la realidad, y conozco casos de profesores que sufren vejaciones, insultos, amenazas e incluso agresiones de sus alumnos, y aun de los padres de estos. Y es algo que me parece absolutamente intolerable, y que no comprendo cómo toda una sociedad lo permite. Porque la primera, y a menudo la única, fuente de autoridad que conocen los alumnos aparte de sus padres son sus profesores. Y si un mocoso, dicho sea con todo el cariño, no muestra respeto ni reconoce a una autoridad, cuando sea adulto no reconocerá ninguna, y se convertirá en el prototipo de español predominante por los siglos de los siglos: un adolescente de 18 a 65 años que únicamente mira por el interés propio y que no ve ninguna bondad en el bien común, y que piensa que las normas, las que hay justas, que haberlas haylas, son impedimentos para su hedonismo, y no directrices que permiten que un montón de seres humanos vivan juntos sin que acaben liándose a tiros. Por eso la sociedad, los que son padres y los que no, debería tener entre sus primeras preocupaciones que los institutos y los colegios fueran edificios donde el respeto mutuo es la constante y donde todo el mundo trabaja empujando en la misma dirección: para que esos chavales que graban con el teléfono a sus profesores mientras les bajan sus pantalones no acaben con veinte años quemando a mendigos en los cajeros automáticos para echar unas risas.

El origen del problema es múltiple. Los gobiernos trabajan para que las empresas obtengan los máximos beneficios, y esto tiene algunas contrapartidas. Por ejemplo, que para que una pareja pueda criar a 1,3 hijos en un apartamento de 45 metros cuadrados, deban estar trabajando ambos durante diez horas diarias, sin tener tiempo, fuerzas ni ganas de educar a sus hijos. Porque la educación nunca se ha dado en la escuela. Es más, creo que la escuela es absolutamente incapaz de proporcionar educación a una persona. ¿Cómo vas a enseñar a comportarse a una persona en la escuela? Eso estaría bien para convertir a las personas en robots, o bien para educar a robots. Pero hasta ahora, salvo en la ciencia-ficción, no se ha logrado semejante maravilla, y además no tendría sentido.

La asignatura de Educación para la ciudadanía, que me parece muy interesante por sus contenidos, socialmente es en mi opinión una desvergonzada burla de los políticos y los agentes económicos a toda la sociedad. A un chico de trece años no vas a enseñarle que hay que respetar al compañero o que hay que tirar los papeles a la papelera, aunque haya que caminar dos metros, en lugar de al suelo. Si su padre escupe en la calle y vacía el cenicero por la ventana, por mucho que tú le digas otra cosa, ¿qué vas a lograr? ¿A quién va a hacer caso, a quién va a imitar? ¿A su padre o a ti? ¿Desde cuándo los alumnos han tomado a sus profesores como modelos de comportamiento?

No, el alumno que llega a la Educación Secundaria tirando papeles al suelo, insultando a sus compañeros o pensando que una mujer es una máquina sexual-procreadora, ya está perdido en la mayoría de los casos. Es muy triste decirlo, pero es lo que pienso. Puedes, a fuerza de amenazas y castigos, lograr que tire el papel en la cesta cuando piense que lo estás mirando. No porque le moleste verlo en el suelo, sino porque le molesta que lo pongas a copiar. En cuanto esté libre de miradas policiales volverá a tirar el dichoso papel en medio de la calle. Si su padre lo hace, ¿cómo puede estar mal? Si todo el mundo tira papeles al suelo, ¿por qué él va a tomarse la molestia? ¿Para ser bueno? Y, llegados a este punto, cabe recordar que el castellano es, que yo sepa, el único idioma en que «bueno» y «tonto» son sinónimos.

Volviendo al caso de la violencia: ya tenemos a un alumno irrecuperable, que habla a sus profesores sin respeto cuando ellos le hablan con él, que los amenaza y que llega a pegarles. ¿Qué hacemos? El sistema, la Ley, permite que los centros educativos se encarguen de la disciplina. Pero en todos los casos, prima el derecho del alumno a su educación. Esto es bueno, por supuesto. Pero trae conflictos. ¿Y cuando por defender el derecho de un alumno a su educación, quitamos ese derecho a sus compañeros, ya que la conducta del primero impide el normal desarrollo de una clase? ¿Por qué no se tiene el mismo celo en la defensa de la educación de los alumnos buenos? ¿Cuánto debe el sistema aguantar a un alumno que no solo muestra desprecio por su propia educación, sino por todas las personas y los materiales que trabajan y se esfuerzan en lograrla? ¿Y qué se hace con los padres? Tengo muchas preguntas, pero pocas respuestas (y van al final del post).

Y ahora abordemos el asunto desde otro punto de vista. Los profesores son trabajadores. Algunos de ellos, afortunadamente pocos, se ven obligados a trabajar con otras personas –los alumnos–, algunas de las cuales los insultan, ofenden y agreden, a ellos y a sus posesiones o familiares. Cuando digo «obligados» me refiero a esa palabra con su pleno significado, ya que, como he dicho, el bien supremo es que el alumno esté escolarizado, como mínimo, hasta los dieciséis años (lo que a menudo coincide con 1,80 de estatura y 80 kilos de músculo y mala leche). ¿Tiene un profesor la obligación de aguantar eso? ¿Qué pasaría si un trabajador denunciara que la gente con la que trabaja la somete a continuos insultos y amenazas? ¿El juez le diría que se aguantase y volviese a su trabajo o lo dejara, o bien metería un crujido a la empresa en concreto, y a sus compañeros, que los dejaría temblando, mediando indemnizaciones, multas y quién sabe si penas de prisión? ¿Por qué casi todo el mundo asume que dentro del oficio de profesor está la necesidad de aguantar faltas de respeto y cosas peores? ¿Por qué hay gente que incluso cree que lo llevamos en la nómina, a pesar de que leo la mía del derecho y del revés y no encuentro ese concepto?

Pocas respuestas: yo creo que debería empezarse por hacer una reflexión en profundidad. Obligar a los padres a que trabajen y a que pierdan el tiempo de educar a sus hijos, como es su derecho y su obligación, es algo contra natura. Todos, los cuarenta y tantos millones, debemos empezar a darnos cuenta de que esto está dejando de parecerse a una sociedad, y empezando a identificarse con una factoría de dimensiones pantagruélicas donde los pequeños son poco más que un estorbo. Y si la cosa sigue yendo a más, en lugar de a menos, llegará realmente un día donde no merezca la pena vivir aquí, y sea mejor vivir en medio de África, sin vacunas y sin teles planas.

También es necesario responsabilizar a los padres. Que paguen multas cada vez que su hijo comete un delito de amenazas o agresiones (que el menor no sea responsable legalmente no significa que sea incapaz de delinquir). Y luego que el padre se ocupe en casa de que su hijo no vuelva a hacerlo más.

Y para ello es necesario reflexionar sobre la Ley del menor. Que no sea tan demagógica y tiránica. Que a un padre no lo puedan denunciar por cruzar la cara a su hijo, aunque sea un acto que me repugna. Que los hijos no teman a sus padres, pero que tampoco sea al revés. ¡Y os prometo que conozco casos!

Y también, nosotros, los profesores. Que nos esforcemos cada día un poco más y que recordemos que nuestro objetivo es trabajar para la enseñanza de los alumnos, y no para que el mes pase lo antes posible y agarrar los billetes. No seamos españoles de toda la vida. Si nos creemos que nuestra labor es tan importante, sí, que se refleje en los sueldos y en las vacaciones, pero que nosotros seamos los primeros que le demos importancia.

Probablemente no tenga la solución perfecta para esto, ya que si fuera así, tal y como está el mundo me suicidaría metería a político. Pero creo que son buenos puntos de partida. Opiniones: comentarios.

OTROSÍ DIGO PRIMERO: Hoy me han venido a clase unos alumnos de 2.º de la ESO (unos 13 ó 14 años) con un papelito sobre una huelga que algunas asociaciones juveniles y estudiantiles han organizado, para protestar por la semana laboral de 65 horas. Me han dicho que el día 20 no piensan venir a clase porque harán huelga. Les he explicado que me parece bien, pero que hacer huelga no es pasarse la mañana rodando en la bici o jugando a la pley. Les he explicado el tema de las 65 horas –al principio estaban asustadísimos, porque creían que los iban a meter todas esas horas en el instituto–, y también que se informen para ver si realmente tienen derecho a la huelga. Y que la huelga es un derecho, pero la educación también, pero no se renuncia a un derecho para jugar al Pro; se renuncia a un derecho (el de ir a clase) para exigir otro (que no añadan aún más horas mal pagadas a la semana laboral).

OTROSÍ DIGO SEGUNDO: Me viene a la mente, también, el famoso Plan Bolonia. Pretende, entre otras cosas, y si lo he entendido bien, crear un marco europeo donde las carreras universitarias sean más útiles, y mejor enfocadas al futuro laboral.

Lo cual me parece estupendo, pero me hace entristecerme por un motivo. Todo el mundo piensa que las carreras deben ser más prácticas, y enseñar más cosas de las que hay que utilizar luego cuando se es abogado, ingeniero u odontólogo. Y es lógico. Pero, como todos los trabajadores, incluidos los titulados, saben –sabéis–, el 90% de tu trabajo lo aprendes una vez estás trabajando. Para casi cualquier cosa, podrías haberte ahorrado la carrera y haberte tirado, digamos, un año en prácticas, aprendiendo con algún profesional experimentado. Claro, esto no es siempre así, ya que es difícil pensar que un ingeniero aeronáutico que está montando los aviones en los cuales meto mi trasero pueda aprender bien su oficio en un año mirando a otra persona. Pero ¿cuántos de los conocimientos adquiridos en Economía usa un banquero? ¿Y cuántos de su carrera un psicólogo? ¿Y un abogado, necesita conocer el Derecho romano? Hay gente que lleva este razonamiento hasta los institutos, y no solo los alumnos, sino también los padres de estos: ¿para qué quiere mi hijo aprender Historia, Filosofía, Literatura, Matemáticas? ¿Para qué le servirá?

Vale, es verdad. Pero también digo: las universidades no están únicamente para formar proletarios de cuello blanco. Forman a gran parte de la élite cultural de una sociedad –aunque se puede ser muy culto sin tener una carrera universitaria; mi padre es probablemente la persona más culta que conozco, y no acabó la carrera–. El país es tan culto como lo sean sus universitarios. Y yo quiero un país culto.

Si tiramos hacia el lado contrario, volveremos, como de hecho estamos haciendo, a la Edad media. Habrá un montón de gente muy especializada en su trabajo, desde panaderos o zapateros hasta ingenieros y cirujanos. Pero no habrá nadie con cultura, más que unos pocos monjes que se encargarán de conservarla. Pero nadie irá nunca a obtener cultura, ya que no sirve para nada, y además lo que no se conoce no se desea. Volveremos a ser una sociedad de gente trabajadora y analfabeta en un porcentaje cercano al 100%. Trabajadores sumisos al poder feudal, que nunca se plantearán el cambio porque no tienen cerebro para ello. Y luego habrá una pequeña secta de esforzados conservadores de la cultura, como los monjes cristianos o los copistas musulmanes durante la España del Medievo.

A mí me parece muy triste, pero desde mi celda puedo oír los gritos orgásmicos de los políticos del futuro.

OTROSÍ DIGO SEGUNDO (bis): Al parecer, para ser profesor, en un futuro habrá que hacer (después del período universitario equivalente a la licenciatura, llamado grado) una especie de doctorado de dos años, conocido como máster. En principio no me parece mal: los profesores estamos muy mal formados como docentes, y conozco muchos casos de gente muy culta y preparada en su especialidad que, simple y llanamente, no tiene ni idea de enseñar a los jóvenes. Y conozco también casos de gente ignorante que enseña de maravilla. Lo malo es que no tienen nada que enseñar. Pero no podemos dejar la calidad de la docencia al talento natural de cada cual, eso sería un desastre.

Pero el otro día salió una señora en la tele (creo que era diputada de algún partido) diciendo que el máster va a estar muy bien, porque eso propiciará que solo se planteen ser profesores los que realmente sientan la vocación.

Y yo me cabreo: ¿por qué es necesario ser profesor por vocación? Yo creo que soy un profesor relativamente bueno, y mi vocación es tocar la guitarra y jugar a Gears of War en la Xbox. Lo que queremos, creo, son buenos profesionales, que sepan lograr sus objetivos, y no gente que salga de las clases con una sonrisa de felicidad. Conozco a miles de personas cuya vocación frustrada es ser músicos. Y esa vocación está frustrada porque son malos músicos. No basta la vocación, no basta haber escuchado mucha música, es necesario trabajar y ser inteligente, y estudiar como un cosaco.

¿Por qué no se exige a los ingenieros que tengan vocación de ser ingenieros? De ellos dependen los aviones que transportan a cientos de miles de personas cada día, y las carreteras de cuya seguridad depende la vida de millones de españoles. ¿Y por qué no se exige vocación a los pediatras y a los jueces?

I’m as mad as hell.


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