Donde viven los monstruos. Una historia real0

Lectures (2213) 18/01/2010, 09:11  |  deseducativos.com. David López Sandova  |  Etiquetes: #Violència escolar,

Supongamos que se llama Beatriz, tiene treinta y cuatro años y es licenciada en Bellas Artes. Este año es la primera vez que trabaja en la enseñanza. Cubre una baja hasta final de curso en un instituto de la Taifa de Madrid.

Supongamos que Beatriz entra el primer día en el aula de Plástica un poco nerviosa pero con una sonrisa amigable. Le ha tocado ser tutora de un primero de la ESO. No ha dado una clase en su vida. Tampoco está acostumbrada a tratar con monstruitos de esas edades -así suele llamar ella cariñosamente a todo ser humano que no pase de los catorce años-. Desde que salió de la Facultad ha trabajado en varias empresas de diseño gráfico. Ahora la crisis económica le ha obligado a explorar el extraño territorio de la enseñanza pública. En un principio la idea no le desagrada, aunque su auténtica vocación, para lo que ella vale -Beatriz suele expresarlo de esta manera-, es la ilustración de libros infantiles, trabajo que en muy contadas ocasiones ha tenido la oportunidad de hacer. Su estudio es un verdadero templo de adoración a Quentin Blake, a Ana Juan, a Maurice Sendak.

Supongamos que lo que se encuentra ese primer día en el aula la deja algo confusa. Durante más de media hora ha debido bregar con las numerosas e incesantes interrupciones de los monstruitos. Luego, en la sala de profesores, cuando comenta el hecho con su jefa de departamento, ésta le revela que es una clase difícil, llena de repetidores, y que tendrá que imponerse cueste lo que cueste. Amenázalos con un parte de amonestación, le ha dicho. Pero Beatriz no es partidaria de las amenazas. Así que, tras el primer recreo, dibuja en su rostro la misma sonrisa al recibir a un cuarto de la ESO.

Supongamos que, durante los primeros minutos, la cosa ha ido bien. Ha explicado sus intenciones, ha tratado de mostrarse afectuosa y cercana, ha sacado a colación -las tenía preparadas- algunas anécdotas personales que ella consideraba divertidas. Pero supongamos también que luego la cosa se ha ido poniendo cada vez más difícil. Supongamos que, cuando ha planteado unos cuantos ejercicios, muy pocos se han puesto manos a la obra. Supongamos que ha tenido que insistir con el resto. Supongamos que se ha paseado entre los pupitres. Que ha alzado la voz en alguna ocasión.

Y supongamos que sus pasos la encaminan hasta el final del aula y que se detiene ante un alumno que ni siquiera ha sacado el material de la mochila. Beatriz al principio le sonríe y le invita -ésta es la palabra- a hacer los ejercicios. El alumno no la mira. Beatriz insiste y le pregunta cómo se llama. El alumno no responde. Beatriz mira a su alrededor. Todos los demás asisten a la escena en silencio. Beatriz siente que se está jugando su autoridad. Algunos sonríen expectantes. Beatriz vuelve a intentarlo. Pero nada. Está bien, dice al cabo, te has ganado un negativo. Y emprende el camino de regreso a su mesa. Lo hace despacio, tratando de no exteriorizar el cabreo -muy pocas veces lo siente- que parece haberse instalado en el estómago. Y es entonces cuando lo oye. El alumno por fin la mira. El alumno habla. Y las palabras salen lentamente. Con un aplomo que deja a la profesora desarmada. Dice: tú lo que necesitas es que te echen un polvo, y como sigas así te lo voy a tener que echar encima de la mesa. Tal cual.

En ese momento suena el timbre. Todos comienzan a salir. Se refleja la normalidad en sus caras. El alumno en cuestión coge la mochila. Espera, le dice Beatriz, me vas a acompañar a jefatura. El alumno se detiene. Es la segunda vez que la mira. Hay altanería en su rostro. Y desafío. Yo creo que no, le espeta, y desaparece tras la puerta de clase.

Supongamos que Beatriz acude a quejarse al jefe de estudios. En el despacho también se encuentra la directora, a la que todavía no se ha presentado. Tras hacerlo, la profesora explica lo ocurrido. Está nerviosa. Le tiembla la voz. Ambos directivos la escuchan atentamente. Luego, silencio durante unos segundos. ¿Quién es?, le pregunta la directora. El jefe de estudios calla. No lo sé, no ha dicho su nombre, responde Beatriz. ¿Has pasado lista?, vuelve a inquirir la directora. Es una mujer alta, rubia, muy maquillada; ex concejala del PSOE, sindicalista de pro. Beatriz niega con la cabeza. Pues has hecho mal, hay que pasar lista. Beatriz asiente, pero -dice- es un alumno de 4º C. Ya hablaremos con él, interviene el jefe de estudios. Quiero ponerle una amonestación, insiste Beatriz. Mira, resopla la directora, las cosas no se hacen así; primero hablaremos con él y escucharemos su versión. Beatriz no da crédito. Los hechos son los que yo -y remarca el pronombre- os he explicado. La directora vuelve a resoplar: te digo que aquí seguimos el Plan de Convivencia a rajatabla, y, después de oír la versión del alumno, ambos, tú y él, deberéis dialogar para llegar a un acuerdo. No hay acuerdo posible -Beatriz se da cuenta de que está levantando la voz, pero no le importa-, él me ha faltado al respeto de forma despreciable y se merece un castigo. Una amonestación no es un castigo, intervine de nuevo el jefe de estudios. Y además, apostilla la directora, seguro que ha sido una broma. Beatriz no aguanta más y sale del despacho dando un portazo. La directora la alcanza en la sala de profesores. La bronca, delante de todos, es monumental.

Supongamos que, esa misma tarde, Beatriz entra en la sede de UGT. El liberado que la atiende es un hombre que roza el medio siglo, barba, camisa y chaqueta cuidadosamente sindicalistas. Tras exponer su caso, Beatriz se siente -no sabe por qué- mucho más tranquila. El hombre esboza una sonrisa y le hace dos preguntas: a) ¿estás afiliada? y b) ¿qué dice el Plan de Convivencia del instituto al respecto? Beatriz responde negativamente a la primera cuestión; a la segunda añade que no tiene ni idea. El tipo vuelve a sonreír y dice que hará lo que pueda, pero que, para ser más efectivos -y parece resaltar esto último-, debería afiliarse primero. Beatriz se despide y acude a otro sindicato, esta vez ANPE, donde, parece ser, existe una figura llamada el Defensor del Profesor. La recibe otro hombre de la misma edad que el anterior. Beatriz vuelve a exponer su caso, ahora mucho más ausente, como si el hecho de contarlo una y otra vez la hubiera alejado de él. El liberado de ANPE le hace dos preguntas: a) ¿estás afiliada? y b) ¿qué dice el Plan de Convivencia del instituto al respecto? Beatriz, de repente, comprende que está atrapada en una especie de bucle espaciotemporal. Comprende que las opciones se le han agotado. Comprende, en definitiva, que está sola.

Supongamos que esa noche no puede dormir. Supongamos que da vueltas en la cama y repasa morbosamente, una y otra vez, la escena con el alumno de 4º C. Supongamos que de nuevo el enfado se apodera de su estómago. Que se levanta. Que regresa a la cama. Que vuelve a levantarse. Supongamos que la imagen de la bronca con la directora también acude. Y el rostro del primer sindicalista. Y el del segundo.

Supongamos que entra en su estudio, que mira, sin ver, los bocetos que cuelgan de las paredes. Supongamos que, de pronto, se detiene en uno. Es un niño vestido con un disfraz de lobo, portando orgullosamente, a lomos de un monstruo que lo observa de manera ambigua, un cetro y una corona. Supongamos que Beatriz se queda atrapada en ese dibujo que ha versionado en más de una ocasión.

Supongamos que algo parecido al miedo recorre su espina dorsal cuando piensa que, a la mañana siguiente, deberá regresar al auténtico lugar donde viven los monstruos.

CODA

Se suele denunciar la influencia oportunista de los partidos políticos en los medios de comunicación, pero nada se dice del ascendente que, como agentes subvencionados por el Estado, poseen algunos sindicatos.

Sirva de ejemplo el tratamiento que se viene dando a los casos de violencia escolar. A pesar de que, sólo en Madrid, uno de cada diez profesores sufre agresiones físicas, la repercusión no ha trascendido más allá de la frontera de las secciones provinciales de los periódicos. ¿Por qué lo que hace tres años se presentaba como un gravísimo problema nacional -recuérdese al docente atacado y grabado con un móvil en Alicante; recuérdese a la niña de Ponferrada cuyas compañeras de clase le fracturaron una pierna; recuérdese la sentencia de un juez de Almería que reconocía la agresión a un profesor como delito de atentado contra un funcionario-, actualmente no es más que una anécdota que sólo parece incumbir a los interesados? La respuesta es sencilla: hoy no se celebran elecciones sindicales en la educación pública.

Ningún sindicato de la enseñanza ha abordado el tema de la violencia escolar desde una perspectiva ajena a los planes de convivencia. En lo que supone una imprudente huida hacia delante, todos se han propuesto llevar hasta sus últimas consecuencias la demagogia progresista que antepone la prevención a la sanción. Al argumentar, además, que el problema es estrictamente social, evitan una solución inmediata, ya que, conscientes de su responsabilidad, prefieren -como los partidos que han estado en el gobierno- un enemigo difuso -la sociedad- o abstracto -la autoridad, que Esperanza Aguirre está dispuesta a reconocer legalmente- a uno concreto -la ley de educación-.

Así como hace un año la estrategia estaba bien perfilada: magnificar la violencia escolar, culpabilizando a todos los sectores sociales, con el fin de solapar el compromiso con un sistema educativo que ha corrompido la relación entre el profesor y el alumno, hoy, sin el apremio de la propaganda -dentro de un año volverán a celebrarse elecciones y entonces la cosa cambiará-, se hace necesario restituir el ardid en el justo cauce de la manipulación pública: el silencio.

http://deseducativos.com/2009/12/13/donde-viven-los-monstruos-una-historia-real/


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