Teoría del “otro” fracaso escolar0

Lectures (732) 17/06/2010, 09:34  |  Juan Pedro Rodríguez

Que el “fracaso escolar” ha tomado carta de naturaleza en la sociedad española es una triste realidad largamente anunciada a la que ya sólo le queda entrar como término con entidad propia en el diccionario de la RAE. Pero la acepción primera en que allí se definiría (a saber, “el sufrido por un tipo de alumnado que, mitad absentista, mitad travieso, pierde en un IES los años de vida que le restan hasta los 16 y no los aprovecha ni para sacarse un título que le cubra unas mínimas expectativas de empleo futuro”), pese a ser la acepción más socorrida, tal vez sea únicamente la sutil tapadera de otras 8 acepciones tan reales como innombrables, por indignas:

Por fracaso escolar también ha de entenderse el que se haya trocado para siempre el tradicional recinto del aula en una suerte de habitáculo en recreo perpetuo, atestado de trastos sustitutorios de la tiza que emergen de un bosque de cables y mochilas desparramadas por doquier sin dejar apenas sitio u ocasión para el uso de unos libros de texto tan demasiadamente gratuitos que varios alumnos los olvidan siempre en casa; la mayor utilidad comprobada de esos nuevos enseres es la de que, en las zonas con cobertura, se tiene acceso a un internet en cuyo hardware no ha sido aún instalado el software que le tape sus indecencias.

Por fracaso escolar ha de entenderse también el que se haya desparramado por el resto de dependencias de los IES el mismo ambiente incompatible con el estudio, conformando un tipo de edificio con perfecta cobertura para móviles, con pasillos vigilados con videograbadoras, con preinstalación de las mismas en las aulas y con biblioteca reconvertida en aula de convivencia, que así se llama al espacio colector de expulsados del aula.

Por fracaso escolar ha de ser también entendido el que se hayan ido perdiendo casi a destajo, no ya las exquisiteces de comportamiento para las que fueron creadas estas instituciones, sino las buenas maneras, los modales, la compostura y hasta la decencia, para ir dejando paso a la impuntualidad, la insubordinación, la dejadez, la despreocupación, la negligencia, el descuido, el desorden, la indisciplina, el desaseo, la desvergüenza, la extravagancia, la inurbanidad, la suciedad, la irrespetuosidad, la desconsideración, la grosería, la vileza, la indecencia, la descortesía, la impasibilidad, la chulería, la desobediencia, el egoísmo, la terquedad, la irreflexión, la inoportunidad, el bullicio, la molestia, el descaro, la arrogancia, el atrevimiento, la insolencia, el insulto, el arrebato, la furia, la infamia, la violencia, la agresividad, el avasallamiento, la provocación, la brutalidad, la crueldad, la falsedad, la mentira, el desinterés, la incultura, la ignorancia, la trivialidad, la flojedad, la pereza, la apatía, la abulia, la desidia, la irresponsabilidad, la inercia, la indiferencia, la maquinación, el enredo, la malicia,... por la sencilla y única razón de que ni se cumplen las normas, ni se hacen cumplir, ni se sabe ya para qué serviría su cumplimiento.

Por fracaso escolar también ha de ser entendido el haberse consentido, por meras e inconfesables razones ideológicas o políticas pero nunca educativas, que se hayan trocado los deberes de la totalidad en los derechos de unos cuantos, sustituyéndose por decreto el deber de estudiar por el derecho a la educación, el deber de aprobar por el derecho al aprobado, el deber de pasar de curso por el derecho a promocionar, el deber de igualarse por el derecho a la igualdad, ... todo ello imbuido en el sistema educativo de modo dictatorial a través de un marasmo legal y burocrático de tintes miserables en demasiados casos.

Por fracaso escolar entiéndase también el haber quedado sin remedio hipotecado el futuro de las dos últimas generaciones de españoles, especialmente las procedentes de extracción más baja, por haberlas condenado a una pésima preparación y así colocarlas en clara desventaja tanto frente a los que sí han podido conseguirla en una enseñanza privada como frente a los que han utilizado la pública para aprender o perfeccionarse en la astucia vital.

Por fracaso escolar ha también de ser entendido el haberse propiciado ante tal descalabro un curioso Cuerpo de Desertores de la Tiza, los cuales, al dictado de circulares de inspector, y con la connivencia de ciertos sindicatos, y con el consejo orientador de pedagogos de sabia teorización, y hasta con el beneplácito de ampas atinadas, han robado el timón de la enseñanza al Claustro de Profesores para procurárselo a un Consejo Escolar cuya peculiar constitución (padres más alumnos más representantes municipales y demás) sólo ha conseguido la aclamación de las consignas pregonadas por directores cada vez más alejados de sus aulas.

Por fracaso escolar, en fin, apenas suele entenderse el inmenso gasto humano y vital que todo lo anterior ha producido en el común del profesorado.

Si bien la primera acepción no tiene ya viso alguno de ser enmendada (pues jamás será ya asumido que lo que ese tipo de ciudadanos tiene es el deber de estar en un aula hasta los 16 años, no el derecho) las demás habrían de ser el punto de partida que retome el también fracasado pacto educativo nacional, que sólo saldrá a flote si se lleva a cabo, no entre políticos tan ignorantes de la vida en las aulas, sino entre padres y profesores (o, por mejor decir, entre padres de alumnos responsables y profesores de a pie). O, como mínimo, entre profesores y padres de ese zagalillo que desde que te atisba desde el fondo del pasillo espera ansioso a que te cruces con él para decirte un “hola, profesor” que siempre suena a un “ayúdeme, por favor”.

Juan Pedro Rodríguez
www.juampedrino.com

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