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Lectures (491) 13/09/2010, 08:25  |  La Tribuna digital. GARCE

El trabajo intelectual necesita periodos de descanso. Muchos tienen la sospecha de que el magisterio, en general, se toma demasiadas vacaciones. Pero el estudio, el verdadero estudio, necesita descanso porque la mente sufre con periodos largos de actividad. Es que no se rinde, no se asimila, no se absorbe el conocimiento, ni la memoria archiva lo necesario para el recuerdo posterior. En España tenemos las vacaciones propias de un país con bastantes días de calor y por esta razón coinciden las vacaciones largas con esos periodos. Es decir, de julio a septiembre. En tiempos no muy lejanos, los institutos comenzaban su actividad el día primero de octubre. Y se solía terminar sobre el quince de junio. Septiembre se dejaba para los exámenes de los suspensos. Y para la planificación del curso escolar siguiente.

Hoy parece que no hay suspensos y que cualquiera puede promocionar al curso siguiente, con asignaturas colgadas, esto es, con suspensos por no tener los conocimientos mínimos. El problema es que los tales conocimientos mínimos ni siquiera lo son. Por eso, y porque los cursos del bachillerato han quedado reducidos a dos, pues tenemos una enseñanza obligatoria de mínimos. Y la inmensa mayoría de los alumnos no adquieren ni lo elemental para desarrollarse con la mínima cultura en el mundo del trabajo o en la universidad. Es decir, los alumnos llegan al bachillerato sin los conocimientos elementales para adquirir los instrumentos intelectuales necesarios para la universidad o el mundo del trabajo.

Desde hace más de treinta años las organizaciones sindicales de la enseñanza han planteado a los ministros sucesivos la necesidad de más inversión para más centros, para más material escolar. Se ha ido reduciendo la ratio por grupo de alumnos. Se ha aumentado las plantillas hasta saturar los claustros. Hoy un profesor imparte no más de dieciocho horas lectivas a la semana.

El material escolar es tan abundante y moderno como los ordenadores que manejan los alumnos antes de llegar al bachillerato. Es decir, hoy es material del pasado las pizarras, las tizas y las enciclopedias. Entonces, se preguntan muchos ciudadanos, cómo es posible que estemos en España a la cola de Europa en la calidad de la enseñanza, en el aprendizaje. Porque los informes que van sucediéndose año tras año así lo demuestran. Las razones son varias y complejas. Pero lo que sí es cierto es que no es paralela la mejora de la enseñanza con la multimillonaria inversión en la misma. ¿Debería serlo? Sería lo lógico, claro. Lo que pasa es que entre todos la mataron y ella sola se murió, que dice el vulgo. Porque sería rentable la inversión si los beneficios resultantes fueran bachilleratos preparados para cualquier actividad.

Si repasamos los distintos agentes sociales que manejan el periodo de formación de los alumnos veremos el grado de responsabilidad que cada uno de ellos tiene. Familia, centro docente, legislación, ministerio o consejería. Medios de comunicación, ambiente social. Y de forma inmediata el profesorado y el alumno.Sería prolijo tratar aquí cada uno de estos agentes sociales. Pero cada uno de ellos tiene su responsabilidad y, por consiguiente, su fracaso en la medida que le corresponde. Unos son más responsables que otros, pero ninguno de ellos se escapa de tal responsabilidad. Coordinarlos y exigir competencia, trabajo y vocación, es responsabilidad del ministerio o la consejería correspondiente. Para empezar y, por encima de todo, necesitamos una ley de educación que nazca de un pacto de estado. Es decir, necesitamos que todos los partidos políticos se pongan de acuerdo para que la nueva ley entrara a formar parte del conjunto de la sociedad. También de todos los grupos políticos. Porque lo que se intenta es la adhesión en vez del consenso. Y eso no es voluntad política ni es consenso.

El gran fracaso de la enseñanza en España ha sido la ideologización de la enseñanza. Y eso es tan dañino para los propios partidos como para la sociedad española. Y, especialmente para los alumnos, futuros ciudadanos sin formación cultural ni profesional. Y en esto algo tendrá que decir el profesorado y, sobre todo, las familias, si es que se preocupan por la formación de sus hijos.


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