Mamá, voy al psicólogo 0

Lectures (559) 18/11/2010, 09:03  |  La Vanguardia. Susana Quadrado  |  Etiquetes: #Salut laboral,

Ala consulta del psicólogo apenas le falta un matiz de oscuridad para parecer aquel despacho de ese profesor universitario al que implorábamos que nos perdonara las prácticas. Por ahí pasan a diario familias enteras. Niños rabiosos, niños nerviosos, niños melancólicos, niños solitarios, adolescentes en plena pubertad, mujercitas con cuerpo de niña, niñas con cuerpo de mujer, padres en bambas o trajeados, y madres superadas por la energía de un hijo incontrolable.

Niños todos, aquellos, que suelen soñar con monstruos. Y el cazafantasmas esta vez no va de uniforme, ni siquiera lleva bata, ni tiene un diván. Diría más, parece una persona normal, de esas que te enseñan de pronto una foto de sus hijos o de un nieto que llevan en la cartera cuando gana confianza. La calle huele a café con leche y ensaimada mientras los niños se enfrentan a sus fantasmas.

Los psicólogos han tenido siempre su capilla de fieles y su batallón de detractores. De una época a esta parte, resulta que los nuevos confesores no llevan sotana, sino que tienen un título universitario colgado en la pared y un apretado horario de visitas. Es así porque ahora se tolera mal la angustia. Es tan habitual verse desbordado por las circunstancias, agotar los recursos y las respuestas, que el psicólogo pasa a ser ese desconocido al que el ser humano, en su fragilidad, se desnuda y le cuenta los secretos de la alcoba y del alma. Ofrecen palabras. Sobre todo palabras. Una terapia que no necesita ajustes neuroquímicos.

Nos habíamos acostumbrado a ver a psicólogos y psicoanalistas en la vida de los adultos. Y ahora ocurre que también han entrado en la vida de los niños. Sabemos que todas las familias felices se parecen y que las que no lo son tanto, lo son cada una a su modo. Pero hay algo en lo que unas y otras coinciden: la protección a los hijos. El problema es que hemos infantilizado demasiado la infancia haciendo creer a los niños que la vida es un parque recreativo con ticket ilimitado para todas las atracciones. Hemos hecho niños vulnerables a los peligros, en el fondo a nuestros miedos. Así que cada dificultad es un nuevo batacazo. De esa sobreprotección llegaron estos lodos. Desarmados moralmente, a los padres no les queda otra que pedir auxilio.

Ni siquiera Woody Allen debió de creer en aquello que decía en sus películas: que los felices son idiotas. Según todos los estudios, es durante la infancia cuando el individuo llena sus depósitos de felicidad para el futuro. Los niños de la consulta del psicólogo no serán complemente felices hasta que logren librarse de sus monstruos. Hunden su mirada en el suelo de la sala de espera mientras aguardan que salga a buscarlos su cazafantasmas particular. Uno corre con un avión de Lego en la mano y simulando el ruido de un motor. Lleva meses de terapia. Run, run, run. “Soy el Capitán Superpoderes. Ya se siente capaz de vencer a los malos.


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