Algunos ejemplos de educación LOGSE0

Lectures (817) 19/05/2011, 08:19  |  deseducativos.com. Antonio Gallego Raus  |  Etiquetes: #LOGSE,

Solo quiero presentar los hechos, describirlos. El análisis de los porqués queda para el siguiente artículo que estoy preparando.

No suelo oír la radio voluntariamente. Casi cualquier punto del dial me deja un poso de amargor en la boca por muy diferentes razones. La oigo sin querer algunas noches por culpa de circunstancias que no puedo controlar. Quiero creer que a esas horas la programación es especialmente turbia y tenebrosa. Alguien (se dice el pecado pero no el pecador) la ha encendido. Zumban tambores frenéticos, ritmos trepidantes y pitos machacones. Presentan el programa locutores jóvenes, un chico y varias chicas, siempre contrapunteadas o armonizadas sus enjundiosas voces por aquellos ritmos y pitos de fondo, pues es mucho el dinamismo que quieren imprimir en cada intervención. Son voces tersas, lustrosas, pero a menudo estridentes y algo arañadas por la excitación y un aguijonazo de histeria. Se llama el portento “Ponte a Prueba”, de Europa FM. Tras los diez primeros minutos de escucha forzosa e ineludible, juro no dar un céntimo por mi vida, tal es la cantidad de sandeces con que martirizan mi inteligencia. Busco consuelo pensando que, por emitirse en horas intempestivas, debe de ser un programa marginal, con poca audiencia. El locutor, como si pudiera leer mi pensamiento, me corrige sin piedad: “¡Ponte a prueba, el espacio de música juvenil líder en audiencia, galardonado con el premio ONDAS…” (“Vaya –conjeturo- pues entonces será que se emite de día y se repone por la noche, ya no sé”). Los pipiolos azuzan a la clientela. La retan y provocan: “estás oyendo Ponte a Prueba, el programa de radio que las demás cadenas no se atreven a hacer. Un espacio donde los límites los pones tú”. Se pavonean de libérrimos e ilimitados, de hablar sin tapujos de sexo y con el mismo arrabalero desenfado con que se chacharea en la calle. Saturan la parla de expresiones taberneras, plenas de garbosa (pos)modernidad y de tolerancia 1000, por lo menos: “A ti, tío, macho, a ti, tío, tío, lo que te hace falta es una buena polla, tío. Una polla grande para tu chochete, tío, macho…” No, no me he equivocado: lo de “macho” y “tío” lo usan indistintamente para la oyente y el oyente. Es por economizar, supongo. Pero de haber sido hombre el llamador o interlocutor, hubiera valido, y no exagero ni un ápice (puede comprobarse con sólo escuchar el programa breves minutos): “Tú, tío, macho, lo que necesitas es una buena polla para el ojete”. “Bueno, bueno –pienso- no dramatices. Todo esto lo puedes soportar. Tómatelo con humor.” Me hago caso y me lo tomo así, con humor. Incluso ensayo algún chiste y me río con mi compañero de curro. Él hace lo propio y la cosa se torna más llevadera, incluso, qué caramba, agradable. “Está claro que son la p…”, agrega otro currante que se une a las chanzas. Pero hay demasiadas cosas en mi contra. Llama una oyente. Quiere contar en antena su vida, o parte de ella. La reciben jocosamente la voces puntiagudas: “¿Qué tal tía (o tío, no recuerdo)? ¿Qué nos cuentas?” Se trata de una pobre chica de dieciocho años con necesidad de desahogarse o, más bien, pedir ayuda desesperadamente. Narra los hechos. A los dieciséis conoció a un muchacho gitano, se ennoviaron y fue a vivir con él. Prorrumpe en un sollozo, se le quiebra la voz, hecha un hilo. “¿Qué te pasa, tía, por qué lloras, macho?” Y la infeliz cuenta que el novio gitano la dejó porque ella quería seguir siendo paya, no gitana, como él se había propuesto. Pero lo malo es que ahora vivía acojonada por el gitano, acosada permanentemente. Bueno, no exacta y directamente por él, sino por tres o cuatro gitanas bragadas a quienes el ex enviaba en plan sicario para hacerle la pascua. Añade, entre sentidas lágrimas, que está sola, que vive sola, que sus amigos, los muy cobardes, la han abandonado a su suerte. “¿Y tus padres, tía?” “No, mis padres fallecieron”… ¿Acierta usted, amigo lector, a adivinar qué vino después de que la chica dijera que sus padres habían fallecido? Yo se digo: un “¡Oooohhh!”. Un “Oooohh” plastificado, expelido desde el teclado de ordenador del técnico de sonido, encargado, por lo visto, de amenizar cualquier tragedia radiofónica con toda suerte de cacofonías e ingeniosas onomatopeyas. Pero la chica sigue, ajena a la afrenta, liviana de dignidad, contando lo suyo: “Dos de las gitanas me agarraron por detrás, yo no podía defenderme… una sacó una navaja y me dio un navajazo en la pelvis.” “¡Dios mío –pensé yo- duele solo oírlo!” Usted, lector, ya está ahora más preparado para conjeturar qué pudo venir después. “¡Aaaaaaaaahhhh!”. Sí, un agudo grito de mujer aterrorizada, grabado para ocasiones como esta; un grito como el de las películas de miedo, o de revuelto de miedo y coña.

Unos días después, viendo el telediario meridional que tanto solaz me procura, el presentador, que ahora da las noticias de pie para combatir el sedentarismo de su profesión, nos informa de algunos eventos organizados por nuestros queridos rapaces. En Valencia y en no recuerdo qué ciudad de Andalucía, los chavales habían montado sendos macrobotellones. Tras la macro-fiesta en una de aquéllas, los basureros recogieron, o barrieron, 11.000 kilos de macro-porquería, la que tuvieron a bien desparramar unos 8.000 botelloneros por los suelos de tan magno evento. Bolsas, latas, botellas, deposiciones vesicales o anales y algún que otro caldo intestinal. El ruido, menos mal, se lo llevaron con ellos.

Creo que en ese mismo día, pero en el telediario que masajea y tonifica la digestión de la cena, el mismo presentador contó, ahora sentado, que varios jóvenes (tres o cuatro, no recuerdo) prendieron fuego a un vagabundo. Pero el juez –y esto es lo mejor- estimó innecesario tomarles declaración, ni detenerlos, al tener en cuenta, juicioso el togado, que, después de todo, el agredido, socorrido por algún alma caritativa que por allí pasaba, no había sufrido quemaduras de consideración.

Esto es, señores, lo que podemos esperar tras varias décadas de educación logsera, de educación progre. Niñatos que no respetan a los muertos ni el horror de quien recibe un navajazo barriobajero en la pelvis. Miserables con seso de mosquito que presumen de liberales, tolerantes y vitalistas pero que solo consiguen ser soeces, fanáticos y tan pesados como superficiales. Niñatos que no respetan nada ni a nadie. ¿Por qué? Como he dicho arriba, ofreceré mi explicación en una próxima entrega.

Tengan un buen día.

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