El Estado del Malestar educativo0

Lectures (829) 10/04/2012, 08:32  |  Juan Pedro Rodríguez

Sólo quien ha visto aparecer sus canas delante de una pizarra puede dar fe a ciencia cierta de que la causa primera del desastre educativo andaluz (por no decir el nacional) consiste, sencilla y llanamente, en que la Administración educativa despilfarra la práctica totalidad de sus recursos en mimar a ciertos alumnos incapaces por naturaleza de aguantar un pupitre, a los cuales se les obliga a sobrellevar a su modo seis horas diarias en una aula usual con el constatadísimo fracaso de ellos mismos y con la inevitada contaminación del resto del sistema (muy especialmente de los restantes alumnos).

Frase tan lapidaria precisa mayor explicación únicamente para los profanos, pues el común del profesorado (excepción hecha de los que después serán tildados de “desertores de la tiza”) asumiría su contenido hasta en la única coma que contiene.

Son evidentemente muy pocos esos ciertos alumnos en cada uno de los IES, pero, aunque únicamente hubiera uno solo (o sola) por aula, habría bastado para que hubiera tenido entrada la ley de la calle en el único recinto creado por el hombre para aprender a defenderse de ella. Los modos y maneras introducidos en recinto tan receptivo por esa ínfima cantidad de ciudadanos han sido los propios de un alumnado carente de las más mínimas normas de comportamiento no ya escolar sino meramente humano, como las básicas referidas a sentarse en vez de deambular, o de guardar silencio en vez de chillar, o de respetar en vez de acosar,... como si se tratase de personas que careciesen de casa a donde volver a la salida del IES. Su inmediata inadecuación al recinto, avivada por una merma legislada de la autoridad del profesorado, ha desembocado en consentirles, así, tan impunemente, que realicen ante los demás miembros del aula (y no necesariamente a espaldas de ciertos profesores) hechos que no repetirían ni ante un policía en la calle ni ante sus propios padres en su casa.

Meter a esas personas en las aulas no fue, no obstante, la gran equivocación. Pese al descalabro producido, la pretensión de igualarlos con los de su misma edad educativa aún puede y ha de ser siempre tildada de plausible. Pero todo se hizo y se rehizo en aras de una igualdad tan mal entendida, y tan férreamente obligada además, que llegó a provocar contranaturas como, por poner un solo ejemplo, que se juntaran codo con codo zagales de edad demasiado diferente cuyo mero roce podría provocar en un recreo más problemas que los que pudiera digerir un jefe de Estudios en 50 años de servicio. La pretensión de que pudieran llegar algún día a seguir el mismo currículo tanto el niño que se detiene extasiado ante la fuerza de la diminuta hormiga como el que la aplasta porque no sabe ni dónde pisa, o la de que un angelico que no es capaz de sacar más de un 1 en los exámenes sí ha de ser capaz de soportar cuatro años calentando pupitres para que así esté alejado del taller de su misma calle,... son obligaciones, impuestas a la ciudadanía, tan estúpidas como hacer desaparecer de las aulas las tarimas para que el suelo iguale por los pies la gran desigualdad de las cabezas.

Conseguir semejante despropósito ha necesitado de todo un sistema educativo concebido como máquina diabólica diseñada por dirigentes que ven la enseñanza pública como un curioso problema que no van a sufrir sus propios hijos, a los que mandan a la privada. La concreción humana de ese sistema nada abstracto la integran seres pedagogicointelectuales tecnicistas empecinados en la absurda creencia de que la calidad educativa guarda relación con la ratio, o con el número de ordenadores por aula, o con el número de aprobados (y no con el número de sobresalientes, por jugar con el absurdo)...; o que los educandos únicamente tienen la obligación de asistir al aula, pero no la de estudiar, ni la de trabajar, ni la de ser puntual, ni la de no alborotar, ni la de esforzarse...; o la de que un curso de esfuerzo equivale a dos de vagancia...; o la de que entra dentro de lo normal que se pase al curso siguiente sin saber nada del anterior...; o la de que podría llegar a aprender algo quien no fuerza su memoria ni para recordar siquiera la página por la que se iba ayer. Y sus teóricas teorías han sido aplicadas por unos políticos de turno que han logrado curiosamente un aumento en fracaso escolar aritméticamente proporcional a su proliferación legislativa para atajarlo.

El tubo de ensayo en que todo había de ser, a la postre, probado, experimentado, producido, enmendado,... ninguneado,... no pudo ser otro que el aula usual, no otra sino la usual, la cual muy pronto se trocó en un desbarajuste semejante a barrer en una tormenta, o a dormir en una discoteca, o a conducir en un atasco: el esfuerzo fue sustituido por la holganza y la amenidad, como si el estudio de las rocas hubiera de ser realizado sobre estatutas de payaso; ello provocó una progresiva incapacidad de adquisición o asimilación de conocimientos, a modo del pie de adolescente que sigue usando botitas de bebé; la dinámica desembocó -por la mera lógica de no existir en mar alguna dos desembocaduras para el mismo río- en una cada vez más apreciable bajada del nivel en los exámenes y en una progresiva subida de notas décima a décima trimestre a trimestre y evaluación tras evaluación. Y todo siempre ante la pasividad del cada vez mayor número de alumnos que ni copian ya las preguntas de los exámenes, a sabiendas de que aun así pasarán de curso.

Atajar como fuera la forzosa salida del zángano del avispero ha provocado un despilfarro abrumador, tanto en material como en recursos humanos: todos los pupitres han sido ocupados en todas las aulas y en todas las clases con un trasto informático que, en la mayoría de las asignaturas apenas podría tener una utilidad de media hora al trimestre; semejantes novedosos artilugios, mucho más sutiles de software que de hardware, han sido capaces de conseguir que un niñito pueda poner en jaque diario al profesor quien, pese a dedicarle media hora en exclusiva de cada clase, no ha conseguido nunca (ni conseguirá nunca en su inútil lucha contra un simple ratón) evitar que ese alumno vea a su antojo dos escenas porno, o envidie cinco modelos de motos, o escriba diez mensajes a sus amigos de discoteca mientras acapara la completa atención de los doce que tiene detrás. Tanta inversión y tanta abundancia de material gastados para cada alumno, incluida hasta la gratuidad de los libros de textos, ha ido siempre en progresión inversa al fracaso escolar producido y, en el fondo y en la práctica, todo iba sutil e indefectiblemente encaminado y dirigido hacia el causante del desaguisado, el manido objetor disruptivo, que se convertía así en el más mimado de todo el proceso de enseñanza desde que daba su primera patada a la puerta del aula hasta que se despedía del IES sin título alguno. La ingente cantidad de material y la multitud de inventos “educativos” tipo mochila de la paz, escuela espacio de paz, aula de convivencia, observatorio de la convivencia, mediador de conflictos,... han atiborrado de gasto, de técnica y de burocracia un lugar en que sobraría con una tiza, una pizarra y un profesor al que se le dejara hablar.

La contaminación provocada por tan ínfimo número de personas se ha ido cebando, poco a poco, tanto en el propio compañero de pupitre como en todos los de su fila, como en el profesor de cada materia, como en los cinco directivos del IES, como en el propio inspector de zona, como en cualquier otro ámbito relacionado (tipo AMPA). No obstante (y entonemos un honroso “sálvese quien pueda”), ni esos inspectores que o nunca han pisado una aula o tienen como único afán no volver nunca más a ella, ni esos directivos con cada vez menos horas de clase y por ende totalmente alejados de la realidad de las aulas, ni ese novedoso cuerpo de orientadores y pedagogos que han instalado sucursales de sus despachos en los IES, ni esos sindicatos que nunca han vislumbrado al trabajador de la enseñanza que tras cada profesor suda su mísero sueldo, ni esos padres que reprochan al profesor que éste trate a sus hijos como ellos no son capaces, ni siquiera esos meros profesores de a pie, esos que no han podido ni reaccionar ante una novedad para la que no fueron ni preparados ni avisados, esos a los que se ha despojado del mando de las clases, esos a los que se ha degradado al nivel de animadores culturales, esos a los que se ha convertido en la única autoridad a la que se le puede decir impunemente que le vas a partir la boca, esos cuyo poder de decisión ha sido reducido al mismo nivel que un alumno, o un padre, o un conserje, o un municipal en el engendro conocido como Consejo Escolar,... ninguno de esos estamentos ha quedado a salvo de tan infesta contaminación pues (y aquí sí ha habido una doble desembocadura) una de dos: quien ha podido, ha desertado de la tiza; y, quien no, ha sido acosado y ninguneado, cuando no expedientado o “enfermado”.

Y todo ello sempiternamente movido y controlado por la más infernal y estéril de las burocracias, como si cualquiera de sus intervinientes esperara acaso que, entre tanto papel inservible, apareciera de pronto escondido aquel que certifique una inmediata jubilación.

Lo antedicho es, evidentemente, un fracaso: no sólo escolar, sino también familiar, profesional, nacional,... ¡y, sobre todo, adolescente! Porque los grandes fracasados de semejante desatino son, precisamente, los restantes alumnos, esos que han ido viendo cómo cuarto a cuarto de hora, cómo trimestre a trimestre, cómo curso a curso quedaban lecciones sin tocar, esos que han vuelto a diario a su casa con la lección bien aprendida sobre cómo hay que tratar a un profesor cuando se te pone pesado, esos que iniciaban cada curso con un deber y lo acababan con un derecho, esos que, en fin, han quedado paradójicamente en clarísima desventaja frente a esos otros “ciertos” alumnos, los cuales aprovecharon la ocasión para aprender (y hasta con sobresaliente) las debilidades de aquellos otros a quienes parasitarán.

¿La solución? ¡Claro que la hay! ¡Y en la misma frase que nos sirve de guía, con sólo cambiar una palabra, un mero adjetivo! Si la frase decía que “la Administración despilfarra al mimar a ciertos alumnos que contaminan sobre todo a los demás alumnos del sistema que comparten el aula usual”, en cuanto se perciba que el aula “usual” es a todas luces inviable se habrá dado el gran paso inicial para la correcta educación de todos y cada uno de los futuros jóvenes españoles

Jaén, 22 de Marzo de de 2012

Juan Pedro Rodríguez www.juampedrino.com


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